lunes, 4 de julio de 2016

Monólogos, textos y relaciones

Cuando tengo un texto en mis manos, mío o de otro autor, siempre tengo sentimientos encontrados: por un lado ilusión y unas ganas tremendas de aprendermelo y trabajar con él. Por otro miedo a que las cosas no funcionen o que algo salga mal.
Al principio siempre lo haces con ilusión, pero según lo trabajas vas viendo cosas que no funcionan y que tienes que cambiar: chistes que no hacen gracia, cambios de ritmo en determinado chiste, o NO hacer cambios de ritmo en determinado chiste. Exploras el texto para conocerlo y hacerte uno con él.
A partir de aquí pueden pasar dos cosas: una, que el texto no acabe siendo para ti y lo acabes dando de lado (como aquel tan bizarro en el que hablaba de Torbe... no pegaba ni con cola) o que acabe gustandote tanto que acabes sintiendote tan cómodo con él como para prácticamente ser uno con él (véase el del madrileño bebiendo sidra). La segunda es un sentimiento alucinante. Aunque el escenario cambie acabas haciendo el texto tan tuyo que te puedes permitir caminar por el escenario como si siempre hubieses estado allí, improvisar o incluso, a lo tonto, meter morcillas. Fluyes con las frases, con los sucesos, con los chistes, sabes qué va a pasar y lo tienes tan memorizado y estás tan agusto que... es que no tengo palabras. Me repito. Prácticamente lo disfrutas tanto que te sale solo. Sin embargo...




 A partir de aquí tu relación con el texto puede correr peligro. Las mismas frases, los mismos chistes, los mismos sucesos, una y otra y otra vez. Sí, en algún punto acaba cansando. Ya no sientes sea ilusión, esa pasión por estudiar esa página con los chistes. Ya ni la miras. Vas al lío, lo sueltas, a veces con un poquito de dejadez, y te vuelves al camerino. La pasión se pierde. Nunca lo he reconocido a gran escala, pero fue lo que me acabó pasando con Xuan de la Llosa: el tenoriu asturianu. Estrené esa en 2011 y la última vez que la interpreté fue en 2013. Fueron tres años de repetir aquel mal logrado acento extremeño (extremeño de Sevilla para ser exacto) y la verdad es que me acabé cansando un poco. Es que a veces ni siquiera estaba pendiente de cuando tocaba salir salir. Me acuerdo de estar en el backstage hablando con el resto del reparto y prácticamente, sin mirar para la obra, sabíamos cuando tocaba salir. Era como una rutina. Sí, creo que esa es la palabra clave: acabas cayendo en la rutina. Ni todas las morcillas del mundo, ni todos los esfuerzos por intentar añadir algo de picante a aquello podían salvarlo. Avellana y yo habíamos caído en la rutina, y la solución tuvo que ser la más drástica: cortar.


 Ahora mismo soy un poco un "Don Juan" de los textos(qué bien traído): tan pronto estoy con el madrileño bebiendo sidra, con los amigos que se emancipan, ahora con el fantasma del ático (mi nueva adquisición)... con todos voy pasando por estas fases de ilusión y conocimiento. De hecho, para evitar caer en la fase de rutina, he decidido dejar de lado momentaneamente el monólogo "Gente joven / Xente mozo" para volver algún día con ganas a cogerlo. No es un "adiós", es un "hasta que nos olamos" (Simpsons did it!!). El caso es que analizando esta relación que tengo con los textos, sobretodo después del preestreno de "Lo mío no es normal / Lo mío nun ye normal" en Avilés me ha hecho reflexionar sobre todo esto que os cuento y... bueno... esa relación con los textos es, cuento menos, familiar, ¿no?

Sí, la relación con los textos prácticamente es igual que una relación de pareja. Empiezas con la ilusión de conocer a esa persona, y con el miedo de que no pueda salir bien y poco a poco os vais conociendo más hasta el punto de poder comunicaros sólo con la mirada. Un gesto significa un mundo y sois prácticamente uno con la otra persona... y luego llena la rutina, esa asesina de parejas que tan difícil es de combatir. Estoy contento con mis textos, pero a veces echo de menos aquella primera semana de relación, aquella ilusión, aquellas ganas, aquel poder mirarnos a los ojos durante horas y que nos diera igual lo que pasara alrededor. Que todo, absolutamente todo, pudiera convertirse en algo bueno sólo por poder compartirlo con esa persona. Supongo que de alguna forma las sensaciones ya las tengo, pero me falta el estímulo humano. Esas miradas llenas de amor, esos besos llenos de ternura, y esas caricias tranquilizadoras. El pensar que nada va a salir mal siempre y cuando estés a mi lado.
Me siento extraño. Es una montaña rusa (como aquellas en las que montamos hace ya cuatro putos años), tan pronto estoy "bien" (no "genial", pero "bue.... bien") como me entran ganas de llorar por lo perdido por un simple "todavía no es el momento". No miento cuando digo que no tengo ganas de tener pareja en este momento, que necesito tiempo para mí, para conocerme y para hacer cosas por y para mí y para nadie más, pero joder... hay momento en los que me siento tan putamente solo...
Ojalá estas manos nunca se hubieran separado.