Hace un año preparaba las maletas para embarcarme al proyecto ColorSplash, un proyecto que reunía personas de varios países, entre ellos España, con el motivo del arte urbano. Inclusó escribí un artículo sobre las maravillas de aquel proyecto, artículo que podéis visitar en Eurodesk tanto en castellano como en inglés. Aunque lo que escribo en ese artículo es completamente cierto y no quito ni una coma de lo que dije en su día, sí que tengo la espinita desde entonces de escribir cuál fue mi experiencia real. Explicar realmente cómo me sentí en aquel lugar lleno de buen rollo, paz, y amor... como una puta mierda.
Llevo un año callado, o como mucho tirando alguna pullita, sobre lo que pasé allí y sinceramente estoy harto porque si ese proyecto me afectó en algo, no fue precisamente de forma positiva. Podría acusar prácticamente al 90% de los participantes de aquel proyecto de bullying y aislamiento de sus miembros más débiles (entre los que me encontraba en ese momento). Me da rabia, porque reconozco que hay veces que en grupo no me siento cómodo pero es mi culpa, porque quizás, por timidez o por lo que sea, yo no consigo sentirme a gusto por mí mismo. Pero este caso fue diferente, yo llegué allí con toda la ilusión del mundo, con el ánimo de participar, de ser uno más y de divertirme, pero cuando esa actitus algunos miembros la acallan machando la cabeza el orgullo y una autoestima que, ya de por sí, está bastante dañada, uno no puede hacer mucho. Me cuesta abrirme, y si cuando intento abrirme encima me pegan un puñetazo, pues el resultado es "no voy a abrirme más, por lo menos con esta gente, que les den". Voy a hablar, porque no puedo más y necesito solterlo después de un año llevándolo dentro, de todo lo que pasé aquella semana y pico en Trvojlie.
Para empezar, había grupitos que se burlaban de algunos por cualquier cosa que pudiera estar mínimamente fuera de lugar. Y no estoy hablando de algo que sucediera un día, sino todos y cada uno de los días durnate la semana y pico que duró el intercambio desde el puto primer día. Cuando el primer día llegó a mis oídos que se reían de mí por mis tonterías no le di (mejor dicho, no le quise dar) importancia. Lo quise asumir como algo simpático, algo que simplemente llamara la atención de mi personalidad. Pero aquello acabó en mí siendo señalado o burlado todos los días. Lo peor es cuando tienen la indecencia de preguntarme por qué me siento incómodo y que, cunado relato esto, me digan "no lo harán con mala intención". Luego se nos llena la boca compartiendo en facebook estados contra el bullying... Pues comprenderéis que me cabree.
Por otro lado los participantes que acudían allí como "líderes" entendían el concepto de esa palabra como yo puedo comprender cualquier concepto de matemáticas avanzadas. Cuando tu supuesta líder te echa la bronca por preguntar, con respuestas como "un líder no tiene por qué saberlo todo" (¿Qué coj...? ¿Entonces quién cojones lo sabe?) es cuanto menos para echarse las manos a la cabeza. Efectivamente, un líder no tiene la obligación de saberlo todo. La palabra líder es una castellanización de la palabra inglesa "leader", es decir, "the one who leads" (el que guía). No te pido que sepas las respuestas a todas mis preguntas, te pido que si eres mi líder, cuando te pregunto me guíes. ¿No quieres mandar? ¿Quieres que tenga iniciativa? Vale, ¡pero no pretendas ir de moralista con un tío que tiene cuatro años más que tú y que sabe más de liderar que tú! Si pregunto es porque no sé, y si no sé, necesito que me guíen, si mi líder no es capaz de guiarme, lo siento, eres una mala líder, no la pagues conmigo.
Lo peor ya no es sólo el durante, sino el después. Que te inunden la cabeza diciendote una y otra vez lo bonito que ha sido todo y lo bien que lo hemos pasado y lo bien que nos hemos llevado. ¡Pues no! ColorSplash fue un proyecto en el que los integrantes se dividieron en grupos que se atacaron entre ellos de una forma tan cruel e hija de puta que no la había visto desde que estoy en el instituto. No había visto tanto mal rollo en mi vida, tanta bilis, tanta mala hostia, tantas infidelidades, tantos intentos de infidelidades, tanta caradura, tantas ganas de destruir al otro moralmente si te caía mínimamente mal.
Con todo lo que he dicho hoy reconozco que volvería, sí. Pero cambiando al 96% de las personas con las que coincidí hace un año. Los proyectos resultaron interesantes, aunque la organización de los mismos fuera pésima. En resumen, creo que la mejor manera de describir aquello, es que ColorSplash fue mi peor buena experiencia.
sábado, 10 de septiembre de 2016
lunes, 4 de julio de 2016
Monólogos, textos y relaciones
Cuando tengo un texto en mis manos, mío o de otro autor, siempre tengo sentimientos encontrados: por un lado ilusión y unas ganas tremendas de aprendermelo y trabajar con él. Por otro miedo a que las cosas no funcionen o que algo salga mal.
Al principio siempre lo haces con ilusión, pero según lo trabajas vas viendo cosas que no funcionan y que tienes que cambiar: chistes que no hacen gracia, cambios de ritmo en determinado chiste, o NO hacer cambios de ritmo en determinado chiste. Exploras el texto para conocerlo y hacerte uno con él.
A partir de aquí pueden pasar dos cosas: una, que el texto no acabe siendo para ti y lo acabes dando de lado (como aquel tan bizarro en el que hablaba de Torbe... no pegaba ni con cola) o que acabe gustandote tanto que acabes sintiendote tan cómodo con él como para prácticamente ser uno con él (véase el del madrileño bebiendo sidra). La segunda es un sentimiento alucinante. Aunque el escenario cambie acabas haciendo el texto tan tuyo que te puedes permitir caminar por el escenario como si siempre hubieses estado allí, improvisar o incluso, a lo tonto, meter morcillas. Fluyes con las frases, con los sucesos, con los chistes, sabes qué va a pasar y lo tienes tan memorizado y estás tan agusto que... es que no tengo palabras. Me repito. Prácticamente lo disfrutas tanto que te sale solo. Sin embargo...
A partir de aquí tu relación con el texto puede correr peligro. Las mismas frases, los mismos chistes, los mismos sucesos, una y otra y otra vez. Sí, en algún punto acaba cansando. Ya no sientes sea ilusión, esa pasión por estudiar esa página con los chistes. Ya ni la miras. Vas al lío, lo sueltas, a veces con un poquito de dejadez, y te vuelves al camerino. La pasión se pierde. Nunca lo he reconocido a gran escala, pero fue lo que me acabó pasando con Xuan de la Llosa: el tenoriu asturianu. Estrené esa en 2011 y la última vez que la interpreté fue en 2013. Fueron tres años de repetir aquel mal logrado acento extremeño (extremeño de Sevilla para ser exacto) y la verdad es que me acabé cansando un poco. Es que a veces ni siquiera estaba pendiente de cuando tocaba salir salir. Me acuerdo de estar en el backstage hablando con el resto del reparto y prácticamente, sin mirar para la obra, sabíamos cuando tocaba salir. Era como una rutina. Sí, creo que esa es la palabra clave: acabas cayendo en la rutina. Ni todas las morcillas del mundo, ni todos los esfuerzos por intentar añadir algo de picante a aquello podían salvarlo. Avellana y yo habíamos caído en la rutina, y la solución tuvo que ser la más drástica: cortar.
Ahora mismo soy un poco un "Don Juan" de los textos(qué bien traído): tan pronto estoy con el madrileño bebiendo sidra, con los amigos que se emancipan, ahora con el fantasma del ático (mi nueva adquisición)... con todos voy pasando por estas fases de ilusión y conocimiento. De hecho, para evitar caer en la fase de rutina, he decidido dejar de lado momentaneamente el monólogo "Gente joven / Xente mozo" para volver algún día con ganas a cogerlo. No es un "adiós", es un "hasta que nos olamos" (Simpsons did it!!). El caso es que analizando esta relación que tengo con los textos, sobretodo después del preestreno de "Lo mío no es normal / Lo mío nun ye normal" en Avilés me ha hecho reflexionar sobre todo esto que os cuento y... bueno... esa relación con los textos es, cuento menos, familiar, ¿no?
Sí, la relación con los textos prácticamente es igual que una relación de pareja. Empiezas con la ilusión de conocer a esa persona, y con el miedo de que no pueda salir bien y poco a poco os vais conociendo más hasta el punto de poder comunicaros sólo con la mirada. Un gesto significa un mundo y sois prácticamente uno con la otra persona... y luego llena la rutina, esa asesina de parejas que tan difícil es de combatir. Estoy contento con mis textos, pero a veces echo de menos aquella primera semana de relación, aquella ilusión, aquellas ganas, aquel poder mirarnos a los ojos durante horas y que nos diera igual lo que pasara alrededor. Que todo, absolutamente todo, pudiera convertirse en algo bueno sólo por poder compartirlo con esa persona. Supongo que de alguna forma las sensaciones ya las tengo, pero me falta el estímulo humano. Esas miradas llenas de amor, esos besos llenos de ternura, y esas caricias tranquilizadoras. El pensar que nada va a salir mal siempre y cuando estés a mi lado.
Me siento extraño. Es una montaña rusa (como aquellas en las que montamos hace ya cuatro putos años), tan pronto estoy "bien" (no "genial", pero "bue.... bien") como me entran ganas de llorar por lo perdido por un simple "todavía no es el momento". No miento cuando digo que no tengo ganas de tener pareja en este momento, que necesito tiempo para mí, para conocerme y para hacer cosas por y para mí y para nadie más, pero joder... hay momento en los que me siento tan putamente solo...
Ojalá estas manos nunca se hubieran separado.
Al principio siempre lo haces con ilusión, pero según lo trabajas vas viendo cosas que no funcionan y que tienes que cambiar: chistes que no hacen gracia, cambios de ritmo en determinado chiste, o NO hacer cambios de ritmo en determinado chiste. Exploras el texto para conocerlo y hacerte uno con él.
A partir de aquí pueden pasar dos cosas: una, que el texto no acabe siendo para ti y lo acabes dando de lado (como aquel tan bizarro en el que hablaba de Torbe... no pegaba ni con cola) o que acabe gustandote tanto que acabes sintiendote tan cómodo con él como para prácticamente ser uno con él (véase el del madrileño bebiendo sidra). La segunda es un sentimiento alucinante. Aunque el escenario cambie acabas haciendo el texto tan tuyo que te puedes permitir caminar por el escenario como si siempre hubieses estado allí, improvisar o incluso, a lo tonto, meter morcillas. Fluyes con las frases, con los sucesos, con los chistes, sabes qué va a pasar y lo tienes tan memorizado y estás tan agusto que... es que no tengo palabras. Me repito. Prácticamente lo disfrutas tanto que te sale solo. Sin embargo...
A partir de aquí tu relación con el texto puede correr peligro. Las mismas frases, los mismos chistes, los mismos sucesos, una y otra y otra vez. Sí, en algún punto acaba cansando. Ya no sientes sea ilusión, esa pasión por estudiar esa página con los chistes. Ya ni la miras. Vas al lío, lo sueltas, a veces con un poquito de dejadez, y te vuelves al camerino. La pasión se pierde. Nunca lo he reconocido a gran escala, pero fue lo que me acabó pasando con Xuan de la Llosa: el tenoriu asturianu. Estrené esa en 2011 y la última vez que la interpreté fue en 2013. Fueron tres años de repetir aquel mal logrado acento extremeño (extremeño de Sevilla para ser exacto) y la verdad es que me acabé cansando un poco. Es que a veces ni siquiera estaba pendiente de cuando tocaba salir salir. Me acuerdo de estar en el backstage hablando con el resto del reparto y prácticamente, sin mirar para la obra, sabíamos cuando tocaba salir. Era como una rutina. Sí, creo que esa es la palabra clave: acabas cayendo en la rutina. Ni todas las morcillas del mundo, ni todos los esfuerzos por intentar añadir algo de picante a aquello podían salvarlo. Avellana y yo habíamos caído en la rutina, y la solución tuvo que ser la más drástica: cortar.
Ahora mismo soy un poco un "Don Juan" de los textos(qué bien traído): tan pronto estoy con el madrileño bebiendo sidra, con los amigos que se emancipan, ahora con el fantasma del ático (mi nueva adquisición)... con todos voy pasando por estas fases de ilusión y conocimiento. De hecho, para evitar caer en la fase de rutina, he decidido dejar de lado momentaneamente el monólogo "Gente joven / Xente mozo" para volver algún día con ganas a cogerlo. No es un "adiós", es un "hasta que nos olamos" (Simpsons did it!!). El caso es que analizando esta relación que tengo con los textos, sobretodo después del preestreno de "Lo mío no es normal / Lo mío nun ye normal" en Avilés me ha hecho reflexionar sobre todo esto que os cuento y... bueno... esa relación con los textos es, cuento menos, familiar, ¿no?
Sí, la relación con los textos prácticamente es igual que una relación de pareja. Empiezas con la ilusión de conocer a esa persona, y con el miedo de que no pueda salir bien y poco a poco os vais conociendo más hasta el punto de poder comunicaros sólo con la mirada. Un gesto significa un mundo y sois prácticamente uno con la otra persona... y luego llena la rutina, esa asesina de parejas que tan difícil es de combatir. Estoy contento con mis textos, pero a veces echo de menos aquella primera semana de relación, aquella ilusión, aquellas ganas, aquel poder mirarnos a los ojos durante horas y que nos diera igual lo que pasara alrededor. Que todo, absolutamente todo, pudiera convertirse en algo bueno sólo por poder compartirlo con esa persona. Supongo que de alguna forma las sensaciones ya las tengo, pero me falta el estímulo humano. Esas miradas llenas de amor, esos besos llenos de ternura, y esas caricias tranquilizadoras. El pensar que nada va a salir mal siempre y cuando estés a mi lado.
Me siento extraño. Es una montaña rusa (como aquellas en las que montamos hace ya cuatro putos años), tan pronto estoy "bien" (no "genial", pero "bue.... bien") como me entran ganas de llorar por lo perdido por un simple "todavía no es el momento". No miento cuando digo que no tengo ganas de tener pareja en este momento, que necesito tiempo para mí, para conocerme y para hacer cosas por y para mí y para nadie más, pero joder... hay momento en los que me siento tan putamente solo...
Ojalá estas manos nunca se hubieran separado.
sábado, 19 de marzo de 2016
Marcos S. L. vs. Marcos Salazar Lobato
Siempre lo he querido dejar claro: Marcos S. L. y Marcos Salazar Lobato son dos personas distintas. Marcos S. L. es gracioso y espontáneo. Yo... no. Y cómo me gustaría decir "No, yo no soy gracioso, soy una persona seria, no me gusta ir de gracioso...". Pero... ¡no! Yo intento ser gracioso pero fracaso estrepitosamente. Se lo decía a Vicente en aquella entrevista: a gracioso y a simpático, Marcos S. L. me gana por goleada. Hasta un punto que a veces... bueno... le he llegado a tener ciertos celos. He llegado a tener la sensación de que Marcos S. L. cae bien. MUY bien. Eso, obviamente es bueno. Lo que me ha llegado a repatear un poquito es que... bueno, a veces creo que Marcos S. L. cae mejor que yo mismo. Cuando actúo en un bar y bajo del escenario (en un bar a cualquier cosa llamamos escenario, es parte del encanto) TODOS quieren hablar con Marcos S. L. Le cuentan su anécdota relacionada con el material esperando la reacción que Marcos S. L. tendría, cínica y sarcástica, acabando por supuesto con la mitiquísima frase "Deberías meter eso en un monólogo". Cuando a veces me pongo el disfraz de Marcos S. L. en la calle (sí, lo he hecho) con alguna amistad, la conversación acababa fluyendo y nos divertíamos más que con el aburrido de Marcos Salazar. Pero es que además Marcos S. L. he llegado a ligar. Sí, alguna chica se ha acercado atraída por ese personaje de Marcos S. L. pero se acabó dando la vuelta al descubrir al soso de Marcos Salazar. ¿Cómo no le voy a tener celos?
Con todo esto me he llegado a plantear, ¿quién es realmente Marcos S. L.? Bueno, es un perdedor, eso lo tengo claro. La mayoría de mis personajes son perdedores. Los perdedores son graciosos y es más fácil identificarse con ellos. Y un frustrado. La frustración es magia, en la vida real es una de las peores cosas que te pueden ocurrir, pero en comedia, ¡¡uuuy en comedia!! Pensad en esa frutración de la ardilla de Ice Age después de no sé cuántas películas detrás de la maldita bellota, o la de Mortadelo y Filemón, que nunca les sale nada bien, o la de Homer Simpson cuando ve que a su vecino Flanders le van las cosas mejor que a él, que no consigue avanzar en su vida. Somos crueles, y nos gusta ver sufrir.
Pero entonces, ¿qué es lo que tiene Marcos S. L. que gusta? Supongo que el simple hecho de que... bueno, es cercano. No hay un personaje claro detrás de él, no hay una voz, no hay un disfraz aparente, es un chaval hablando con sus colegas de lo mal que le va la vida (con un tono humorístico, claro). Creo que eso es precisamente lo bueno de Marcos S. L. como personaje que, a pesar de ser un personaje, no lo parece. Se hace tan cercano que la mayoría de personas piensan que... bueno, que soy yo, sin más. Al llegar a esa conclusión me hice la siguiente pregunta: ¿Marcos S. L. ... existe?
Genial, es tan cercano que yo mismo me pregunto si existe de verdad. No es nada descabellado. Recuerdo en clase de filosofía en el instituto una de las pocas cosas de aquella clase que se me quedaron en la cabeza: ¿en el universo de Superman, quién es el personaje: Clark Kent o Superman? En el universo de Robert Louis Stevenson, ¿quién es el personaje, el Dr. Jekyl o Mr. Hide? Pues bien, ¿quién es el personaje, Marcos S. L. o Marcos Salazar? ¿El gracioso o el soso? A veces pienso que dentro de ese Marcos que está todo el rato mirando al suelo y con miedo de siquiera abrir la boca por si acaso no agrada está Marcos S. L. empujando, deseando salir. A lo mejor por eso Marcos S. L. es tan real, porque no es un personaje, es la persona que yo querría ser en mi vida social.
Y esto no se limita a actores, cómicos y/o locos, sino a todo el mundo. ¿Quién es el verdadero tú? ¿El del trabajo, el que está en casa de sus padres, el que está en la cama con su pareja, el que está con sus amigos, el que está solo en el coche o en la ducha y empieza a cantar como un poseso...? Piénsalo, cada uno de esos "tús" es un personaje totalmente distinto. No se te ocurriría cantar "La gosaera" en el trabajo, decirle guarradas a tu pareja en casa de tus padres, o comentar el sabor del cocido de tu madre en la cama con tu pareja.
Vale, está bien, entonces, ¿quién ganaría esta batalla entre Marcos y Marcos S. L.? Supongo que depende: Marcos es una persona que no le gusta meter la pata, que tiene un miedo tremendo a cagarla y le miren mal, en plan ¿y este loco?. A Marcos S. L. se la resvala. No tiene ninguna vergüenza ni ningún miedo a perder. Es un perdedor infantil y frustrado, ha perdido tantas veces que yo creo que su lema es "total, por una más". No le importa decir una burrada tremenda, él es como es. Eso es lo que que termina haciendo de él un personaje tan cercano al público. Cuando uno mira su personaje con envidia, algo he hecho muy bien como "escritor" . Por otro lado... no sé... supongo que también significa que hay algo que no he hecho muy bien como persona.
La reflexión sigue abierta.
sábado, 20 de febrero de 2016
Sólo otro artículo más sobre por qué me gusta el baloncesto
¿Cuántos artículos he podido escribir sobre mi afición al baloncesto durante mi cada vez menos corta vida? No es una pregunta retórica, realmente he perdido la cuenta. Creo que ya lo he contado todo: cómo empezó mi afición, cómo me sentí viendo la NBA narrada por Montes, mis reacciones a mundiales, europeos, juegos olímpicos, cuando fui a ver a la selección en Gijón... hasta llegué a escribir un artículo sobre POR QUÉ me gusta el baloncesto y las cosas que me hacía sentir todo lo relacionado con él. Lamentablemente, ese artículo se perdió con el cierre definitivo de fotolog y nunca se podrá recuperar (muy bien hecho, fotolog, gracias por avisar). Así que esta podría considerarse de alguna manera la segunda parte de aquel artículo que titulé "Yo soy como el baloncesto".
Lo cierto es que cada momento que miro atrás en el tiempo, no recuerdo un sólo momento en el que el baloncesto no estuviera conectado a mi vida. Ni uno solo. Podría decirse que el baloncesto ha sido como un amigo. Como un mejor amigo. No ha estado sólo en los buenos momentos, sino también en los malos.
Recuerdo ser un crío y llevar el balón a clase al Maliayo. Y si me conocéis sabéis que mi cabeza, por alguna razón, no recuerda cosas más allá del 2006. Pero esto, lo recuerdo a la perfección. Recuerdo 6º de primaria a base de partidos, menos unas y... vale, no os voy a engañar, lleno de mucho Pokémon. Pero no es eso lo que nos incumbe ahora. Y es el primer gran agradecimiento que le debo a este deporte, me salvó de la obesidad. Lo sé, he tenido durante mi vida adulta momentos mejores y momentos peores con ese tema, pero si vierais fotos mías antes de jugar al baloncesto... uau... era un balón de playa. Los niños se reían de mí (lo que hoy se llama "bullying", porque en inglés todo suena más... ya sabes... "cool").
El momento que conocí a Melissa está rodeado de baloncesto también. Para empezar, la fecha que la vi por primera vez no puede ser más baloncestística: 4 de Septiembre de 2006. A los "frikis" del baloncesto (¿por qué se nos llama "frikis"?) les sonará esta fecha: fue justo un día después del mundial de Japón, el que ganamos arrasando toda la competición (excepto la agónica final contra Argentina, en la que ganamos por un solo punto). Incluso recuerdo perfectamente el día de aquella semifinal... era 1 de Septiembre, y aquella mañana tenía examen de recuperación de filosofía. Mientras tenía el examen, todos estaban pendientes de la otra semifinal que se jugaba: EE. UU. - Grecia, y la sorpresa mayúscula que causó la derrota de los yanquis, que se tomaron aquel campeonato más como un All Star que como un campeonato. Además de eso, aquella mañana del día que la conocí (ella venía por la tarde), ¿qué fue lo primero que hice para relajar los nervios? Coger un balón y ponerme a jugar al baloncesto. Fue mi forma de evadirme, de no pensar en lo que podía o no podía pasar.
Incluso cuando nos reencontramos, ¿sabéis qué es lo primero que hizo?... Nada relacionado con el baloncesto. ¡Pero lo segund... tercero sí! Vale, quizá parezca esté forzando un poco las cosas para ir con el tema, pero ponéos en contexto. Dos personas, una pareja, que después de no verse en cinco años (CINCO AÑOS) y entre la lista de cosas que ella tenía era grabarme jugando al baloncesto yo sólo, ¿cómo de raro es eso? Supongo que en ese momento tan importante en mi vida, mi buen amigo tenía que estar ahí de alguna forma y ahí estuvo.
Estuvo en el principio... y estuvo en el final. Cuando tuve aquella agónica conversación por teléfono con Melissa, su consejo fue el siguiente "Coge el balón, vete a la cancha y desahoga tus penas ahí"... ¿en serio? ¿Me pones los cuernos, me dejas y te crees con el derecho de darme un consejo para desahogar mis penas? No, no lo hice. Lloré, charlé con un amigo, bebí como un cabrón, lloré más... Pero al día siguiente sí. No porque ella me lo dijera, sino porque sentía que me podía desahogar. Y la verdad, recuerdo aquella sesión de tiro en solitario con mayor nitidez que cualquier otra sesión de tiro en solitario que haya podido tener en mi vida. Recuerdo que fallé muchas canastas, y cuanto más fallaba más me irritaba. Incluso recuerdo gritarle al balón estando a punto de llorar "¿Tú también en mi contra?". Es como ese amigo con el que, sin querer, acabas pagando tus frustraciones y él encima te entiende. Recuerdo encenderme más y más cuanto más fallaba, gritar de rabia, pegar golpes a donde podía y gritarle "puta" a la pelota cada vez que no entraba, como si en realidad se lo estuviera diciendo a Melissa. Los que habéis jugado alguna vez conmigo al baloncesto probablemente os habréis fijado que HOY todavía sigo llamando "puta" a la pelota cada vez que tengo una mala racha (no con la misma intensidad de enfado, claro). Este es su origen. Cada "puta" que le dedico a la pelota en el fondo se lo dedico a mi ex. Extraño, lo sé.
La verdad es que el baloncesto me ha ayudado y apoyado en muchos momentos.Véase, por ejemplo, el inglés. Mi experiencia en los "Darkin Crusaders" fue una de las más enriquecedoras de mi vida en muchos aspectos. Por un lado, cumplía mi sueño de jugar en un equipo federado de baloncesto, aunque fuera en la pequeña facultad de Darwin en la universidad de Kent. Quien haya jugado un partido de baloncesto oficial sabe el ruido que eso significa: no sólo por el público, sino el banquillo que anima a tu equipo, el banquillo del equipo contrario, el entrenador dando ordenes desde fuera, el OTRO entrenador dando órdenes a los otros desde fuera, y los propios jugadores hablando entre ellos. El que haya jugado también sabe que la comunicación entre los jugadores es VITAL para un buen ritmo de juego. Con esto dicho, y sumados todos los factores anteriores, podéis imaginar lo difícil que me resultó poder comunicarme fluidamente con mis compañeros en estas condiciones EN INGLÉS. Creo que nunca me sentí más frustrado con una lengua que, en teoría, controlo a la perfección, como en ese momento. Además con un entrenador que insistía mucho en el tema de la comunicación. Recuerdo cómo gritaba "¡Darwin, no os oigo!" cabreado cuando oía el más minúsculo momento de silencio durante un partido. Sí, me llevé más de una bronca por no entender exactamente lo que se me pedía, y algún castigo en forma de visita al banquillo, pero de lejos fue el mayor aprendizaje de escuchar inglés que he tenido en mi vida.
Peeeero... no voy a actuar como si nunca me hubiera endadado con el baloncesto. Todos los grandes amigos se han enfadado entre ellos alguna vez, y el baloncesto no es una excepción. Cuando jugaba en Darwin, allá en Kent, tuve una racha de dos o tres partidos en los que no me sacaron, o si me sacaban era algo prácticamente presencial. Aún hoy no entiendo por qué, ya que incluso el entrenador me pedía disculpas siempre que pasaba, así que no era porque no me viera capacitado ni nada de eso. Lo que sí sé es que fue el momento en el que más cerca estuve a punto de soltar un gran y ruidoso "fuck you" al baloncesto, porque la racha personal en ese momento no ayudaba tampoco. Por suerte, se topó en mi vida una forma del baloncesto que no había conocido hasta entonces: el streetball. Es otro mundo. ¿Habéis visto esas pelis americanas en las que hay chavales jugando al baloncesto en canchas de asfalto y la gente incluso se para para verlos? Bueno, pues en Inglaterra pasa prácticamente igual. Y yo tuve la gran suerte de jugar unos cuantos partidos ahí. Es increíble lo "amateur" y a la vez profesional que son esas sesiones. Y cómo pueden alargarse desde las cinco de la tarde hasta tranquilamente las diez de la noche. Partido tras partido tras partido. No quiero presumir, pero no se me daba mal del todo, sobretodo en defensa (a decir verdad, la defensa de los partidos de streetball no es precisamente la cosa más asfixiante del mundo, así que tampoco tenías que hacer mucho para defender medianamente bien).
Ciertamente, y espero no sonar creído aquí, siempre he considerado el baloncesto un poco mi talento oculto. ¿Alguna vez habéis oído de algún tío o algún familiar o amigo la típica frase de "si hubiera estudiado habría sido brillantísimo", o algo así? Algo así me pasa con el baloncesto. Con la facultad, novias e hijastros, no puede decirse que tuviera tiempo para entrenar de forma seria el baloncesto, pero a veces tengo la sensación de que si las hubiera entrenado... bueno... sin querer sonar chulo ni nada de eso, creo que las abilidades están ahí. No me malinterpretéis, no estoy siendo un creído, no estoy diciendo que habría podido ser bueno a un nivel Pau Gasol, pero sí a un nivel... no sé, los chicos de CDE Maliayu. Me impresiona esta gente. Es increíble como con humildad y más ganas que recursos puedes desarrollar tanto una abilidad. Son increíbles y dignos de admiración. Me encanta verles jugar y Dios sabe que cada semana que comparto con ellos intento al menos no desentonar en esa cancha. Ains, si tuviera más fondo... Aún así, tengo que reconocer que hay algo en el dolor de las agujetas después de jugar con esta gente que, de alguna manera, resulta placentero (entiendase en el sentido no sexual de la palabra).
En resumen, a la típica pregunta de ¿por qué te gusta tanto el baloncesto? Bueno... ¿cómo puede no gustarme? Más allá del deporte en sí, ha compartido conmigo éxitos y miserias. Ilusiones y decepciones. Alegrías y cabreos monumentales. Y con todo eso, y con 27 años ya recién cumplidos, el tío sigue ahí, sin abandonarme. No ha habido un sólo sitio en el que haya estado en mi vida en el que no haya habido de alguna manera un balón de baloncesto cerca de mí, ya fuera en una cancha propiamente dicha, en una de asfalto, o en las canastas de un instituto cuyas puertas hay que saltar para llegar a ellas (viva lo público). Más allá de la emoción del deporte en sí como espectador, o de la adrenalina que me sube cuando juego, ha estado presente en tantísimos momentos clave, buenos y no tan buenos, de mi vida, que me resulta imposible no gritar I LOVE THIS GAME.
Lo cierto es que cada momento que miro atrás en el tiempo, no recuerdo un sólo momento en el que el baloncesto no estuviera conectado a mi vida. Ni uno solo. Podría decirse que el baloncesto ha sido como un amigo. Como un mejor amigo. No ha estado sólo en los buenos momentos, sino también en los malos.
Recuerdo ser un crío y llevar el balón a clase al Maliayo. Y si me conocéis sabéis que mi cabeza, por alguna razón, no recuerda cosas más allá del 2006. Pero esto, lo recuerdo a la perfección. Recuerdo 6º de primaria a base de partidos, menos unas y... vale, no os voy a engañar, lleno de mucho Pokémon. Pero no es eso lo que nos incumbe ahora. Y es el primer gran agradecimiento que le debo a este deporte, me salvó de la obesidad. Lo sé, he tenido durante mi vida adulta momentos mejores y momentos peores con ese tema, pero si vierais fotos mías antes de jugar al baloncesto... uau... era un balón de playa. Los niños se reían de mí (lo que hoy se llama "bullying", porque en inglés todo suena más... ya sabes... "cool").
El momento que conocí a Melissa está rodeado de baloncesto también. Para empezar, la fecha que la vi por primera vez no puede ser más baloncestística: 4 de Septiembre de 2006. A los "frikis" del baloncesto (¿por qué se nos llama "frikis"?) les sonará esta fecha: fue justo un día después del mundial de Japón, el que ganamos arrasando toda la competición (excepto la agónica final contra Argentina, en la que ganamos por un solo punto). Incluso recuerdo perfectamente el día de aquella semifinal... era 1 de Septiembre, y aquella mañana tenía examen de recuperación de filosofía. Mientras tenía el examen, todos estaban pendientes de la otra semifinal que se jugaba: EE. UU. - Grecia, y la sorpresa mayúscula que causó la derrota de los yanquis, que se tomaron aquel campeonato más como un All Star que como un campeonato. Además de eso, aquella mañana del día que la conocí (ella venía por la tarde), ¿qué fue lo primero que hice para relajar los nervios? Coger un balón y ponerme a jugar al baloncesto. Fue mi forma de evadirme, de no pensar en lo que podía o no podía pasar.
Incluso cuando nos reencontramos, ¿sabéis qué es lo primero que hizo?... Nada relacionado con el baloncesto. ¡Pero lo segund... tercero sí! Vale, quizá parezca esté forzando un poco las cosas para ir con el tema, pero ponéos en contexto. Dos personas, una pareja, que después de no verse en cinco años (CINCO AÑOS) y entre la lista de cosas que ella tenía era grabarme jugando al baloncesto yo sólo, ¿cómo de raro es eso? Supongo que en ese momento tan importante en mi vida, mi buen amigo tenía que estar ahí de alguna forma y ahí estuvo.
Estuvo en el principio... y estuvo en el final. Cuando tuve aquella agónica conversación por teléfono con Melissa, su consejo fue el siguiente "Coge el balón, vete a la cancha y desahoga tus penas ahí"... ¿en serio? ¿Me pones los cuernos, me dejas y te crees con el derecho de darme un consejo para desahogar mis penas? No, no lo hice. Lloré, charlé con un amigo, bebí como un cabrón, lloré más... Pero al día siguiente sí. No porque ella me lo dijera, sino porque sentía que me podía desahogar. Y la verdad, recuerdo aquella sesión de tiro en solitario con mayor nitidez que cualquier otra sesión de tiro en solitario que haya podido tener en mi vida. Recuerdo que fallé muchas canastas, y cuanto más fallaba más me irritaba. Incluso recuerdo gritarle al balón estando a punto de llorar "¿Tú también en mi contra?". Es como ese amigo con el que, sin querer, acabas pagando tus frustraciones y él encima te entiende. Recuerdo encenderme más y más cuanto más fallaba, gritar de rabia, pegar golpes a donde podía y gritarle "puta" a la pelota cada vez que no entraba, como si en realidad se lo estuviera diciendo a Melissa. Los que habéis jugado alguna vez conmigo al baloncesto probablemente os habréis fijado que HOY todavía sigo llamando "puta" a la pelota cada vez que tengo una mala racha (no con la misma intensidad de enfado, claro). Este es su origen. Cada "puta" que le dedico a la pelota en el fondo se lo dedico a mi ex. Extraño, lo sé.
La verdad es que el baloncesto me ha ayudado y apoyado en muchos momentos.Véase, por ejemplo, el inglés. Mi experiencia en los "Darkin Crusaders" fue una de las más enriquecedoras de mi vida en muchos aspectos. Por un lado, cumplía mi sueño de jugar en un equipo federado de baloncesto, aunque fuera en la pequeña facultad de Darwin en la universidad de Kent. Quien haya jugado un partido de baloncesto oficial sabe el ruido que eso significa: no sólo por el público, sino el banquillo que anima a tu equipo, el banquillo del equipo contrario, el entrenador dando ordenes desde fuera, el OTRO entrenador dando órdenes a los otros desde fuera, y los propios jugadores hablando entre ellos. El que haya jugado también sabe que la comunicación entre los jugadores es VITAL para un buen ritmo de juego. Con esto dicho, y sumados todos los factores anteriores, podéis imaginar lo difícil que me resultó poder comunicarme fluidamente con mis compañeros en estas condiciones EN INGLÉS. Creo que nunca me sentí más frustrado con una lengua que, en teoría, controlo a la perfección, como en ese momento. Además con un entrenador que insistía mucho en el tema de la comunicación. Recuerdo cómo gritaba "¡Darwin, no os oigo!" cabreado cuando oía el más minúsculo momento de silencio durante un partido. Sí, me llevé más de una bronca por no entender exactamente lo que se me pedía, y algún castigo en forma de visita al banquillo, pero de lejos fue el mayor aprendizaje de escuchar inglés que he tenido en mi vida.
Peeeero... no voy a actuar como si nunca me hubiera endadado con el baloncesto. Todos los grandes amigos se han enfadado entre ellos alguna vez, y el baloncesto no es una excepción. Cuando jugaba en Darwin, allá en Kent, tuve una racha de dos o tres partidos en los que no me sacaron, o si me sacaban era algo prácticamente presencial. Aún hoy no entiendo por qué, ya que incluso el entrenador me pedía disculpas siempre que pasaba, así que no era porque no me viera capacitado ni nada de eso. Lo que sí sé es que fue el momento en el que más cerca estuve a punto de soltar un gran y ruidoso "fuck you" al baloncesto, porque la racha personal en ese momento no ayudaba tampoco. Por suerte, se topó en mi vida una forma del baloncesto que no había conocido hasta entonces: el streetball. Es otro mundo. ¿Habéis visto esas pelis americanas en las que hay chavales jugando al baloncesto en canchas de asfalto y la gente incluso se para para verlos? Bueno, pues en Inglaterra pasa prácticamente igual. Y yo tuve la gran suerte de jugar unos cuantos partidos ahí. Es increíble lo "amateur" y a la vez profesional que son esas sesiones. Y cómo pueden alargarse desde las cinco de la tarde hasta tranquilamente las diez de la noche. Partido tras partido tras partido. No quiero presumir, pero no se me daba mal del todo, sobretodo en defensa (a decir verdad, la defensa de los partidos de streetball no es precisamente la cosa más asfixiante del mundo, así que tampoco tenías que hacer mucho para defender medianamente bien).
Ciertamente, y espero no sonar creído aquí, siempre he considerado el baloncesto un poco mi talento oculto. ¿Alguna vez habéis oído de algún tío o algún familiar o amigo la típica frase de "si hubiera estudiado habría sido brillantísimo", o algo así? Algo así me pasa con el baloncesto. Con la facultad, novias e hijastros, no puede decirse que tuviera tiempo para entrenar de forma seria el baloncesto, pero a veces tengo la sensación de que si las hubiera entrenado... bueno... sin querer sonar chulo ni nada de eso, creo que las abilidades están ahí. No me malinterpretéis, no estoy siendo un creído, no estoy diciendo que habría podido ser bueno a un nivel Pau Gasol, pero sí a un nivel... no sé, los chicos de CDE Maliayu. Me impresiona esta gente. Es increíble como con humildad y más ganas que recursos puedes desarrollar tanto una abilidad. Son increíbles y dignos de admiración. Me encanta verles jugar y Dios sabe que cada semana que comparto con ellos intento al menos no desentonar en esa cancha. Ains, si tuviera más fondo... Aún así, tengo que reconocer que hay algo en el dolor de las agujetas después de jugar con esta gente que, de alguna manera, resulta placentero (entiendase en el sentido no sexual de la palabra).
En resumen, a la típica pregunta de ¿por qué te gusta tanto el baloncesto? Bueno... ¿cómo puede no gustarme? Más allá del deporte en sí, ha compartido conmigo éxitos y miserias. Ilusiones y decepciones. Alegrías y cabreos monumentales. Y con todo eso, y con 27 años ya recién cumplidos, el tío sigue ahí, sin abandonarme. No ha habido un sólo sitio en el que haya estado en mi vida en el que no haya habido de alguna manera un balón de baloncesto cerca de mí, ya fuera en una cancha propiamente dicha, en una de asfalto, o en las canastas de un instituto cuyas puertas hay que saltar para llegar a ellas (viva lo público). Más allá de la emoción del deporte en sí como espectador, o de la adrenalina que me sube cuando juego, ha estado presente en tantísimos momentos clave, buenos y no tan buenos, de mi vida, que me resulta imposible no gritar I LOVE THIS GAME.
lunes, 1 de febrero de 2016
Cuando las risas se convierten en energía
¿He hablado ya de mi bolo el viernes pasao en el Riera? Vaaale, sí, ya paro. Pero quería hablar un poco sobre lo que supone para mí ese bolo. Y no, esto no es una entrada para hablar de lo maravillosamente guay que soy, no voy a empezar a... en fin...
Eso. Como ya dije repetidas veces, lo especial de ese bolo fue el hecho de actuar en mi pueblo, en Villaviciosa, donde hacía ya diez años (¡¡DIEZ AÑOS!!) que no pisaba un escenario. He estado en Noreña, en Vegadeo, en La Felguera, , en Nava, en Bimenes, en Gijón, en Oviedo... qué sé yo en cuántos sitios, pero llevaba diez años sin actuar en Villaviciosa. No sé, supongo que uno nunca es profeta en su tierra. Y encima en el Teatro Riera, que es donde hice por primera vez un monólogo con público (aquel sobre las cajeras y todo eso), nada menos que con trece añitos. Uf, cómo pasa el tiempo. Pero esto ya lo había dicho.
Pero es que además de todo eso, este bolo era muy especial porque me ponía a mí mismo a prueba como cómico. Siempre he dicho que mi mayor miedo es el día en que me toque actuar en un momento en el que no esté dispuesto a hacer reír, y el viernes pasado fue lo más cerca que estuve de ese momento.
No es que me pasara nada especialmente grave (gracias a Dios), no se me ha muerto nadie, pero sí estoy pasando por una época bastante complicada en mi trabajo. MUY complicada. En la entrevista que hice para La Nueva España le hablaba a Mariola de mis trabajos. Ahí está bien claro explicado "Uno me da dinero y el otro felicidad". El problema es que el que me da dinero me está fallando más y más, hasta el punto que estoy al borde del paro (otra vez), y mi estado de humor... bueno, la semana que pasada no era el mejor del mundo. Agobiado, desganado y con la cabeza carcomida con los problemas económicos que, OTRA VEZ, están a punto de venirseme encima. No, no había muchas ganas de hacer reír.
Aún así, el trabajo es el trabajo, "show must go on", y si yo digo que soy cómico achaco con todas sus consecuencias, las buenas y las malas. Ahí me subí yo, con mi texto, mi micro (bueno, el del teatro) y mis chorradas y... me encontré increíblemente cómodo
Ahí estaba yo, con todos mis problemas, superando uno de mis miedos, el de actuar sin estar con el mejor de los ánimos. Estoy orgulloso de mí mismo, porque creo que el resultado fue muy bueno. En gran parte gracias al público que respondió fenomenalmente, claro está.
Por eso este último bolo también ha sido importante para mí. Me ha puesto a prueba, y me ha demostrado que sí que valgo para hacer el tonto delante de la gente, y que puedo apechugar no sólo con lo bueno de esta profesión sino también con lo malo.
Exactamente, tengo dos trabajos en este preciso instante: uno que me da dinero y otro que me da felicidad. Pero hoy he comprobado que, aunque puede llegar el punto en el que el primero no me dé dinero, el otro siempre me dará felicidad. En Villaviciosa (no podía ser en otro sitio) me han dicho a través de risas y aplausos, que puedo con todo. Y yo, en agradecimiento, estaré ahí siempre que me necesiten para hacer reír pase lo que pase. Es mi trabajo. Y me hace feliz.
Pero es que además de todo eso, este bolo era muy especial porque me ponía a mí mismo a prueba como cómico. Siempre he dicho que mi mayor miedo es el día en que me toque actuar en un momento en el que no esté dispuesto a hacer reír, y el viernes pasado fue lo más cerca que estuve de ese momento.
No es que me pasara nada especialmente grave (gracias a Dios), no se me ha muerto nadie, pero sí estoy pasando por una época bastante complicada en mi trabajo. MUY complicada. En la entrevista que hice para La Nueva España le hablaba a Mariola de mis trabajos. Ahí está bien claro explicado "Uno me da dinero y el otro felicidad". El problema es que el que me da dinero me está fallando más y más, hasta el punto que estoy al borde del paro (otra vez), y mi estado de humor... bueno, la semana que pasada no era el mejor del mundo. Agobiado, desganado y con la cabeza carcomida con los problemas económicos que, OTRA VEZ, están a punto de venirseme encima. No, no había muchas ganas de hacer reír.
Aún así, el trabajo es el trabajo, "show must go on", y si yo digo que soy cómico achaco con todas sus consecuencias, las buenas y las malas. Ahí me subí yo, con mi texto, mi micro (bueno, el del teatro) y mis chorradas y... me encontré increíblemente cómodo
Ahí estaba yo, con todos mis problemas, superando uno de mis miedos, el de actuar sin estar con el mejor de los ánimos. Estoy orgulloso de mí mismo, porque creo que el resultado fue muy bueno. En gran parte gracias al público que respondió fenomenalmente, claro está.
Por eso este último bolo también ha sido importante para mí. Me ha puesto a prueba, y me ha demostrado que sí que valgo para hacer el tonto delante de la gente, y que puedo apechugar no sólo con lo bueno de esta profesión sino también con lo malo.
Exactamente, tengo dos trabajos en este preciso instante: uno que me da dinero y otro que me da felicidad. Pero hoy he comprobado que, aunque puede llegar el punto en el que el primero no me dé dinero, el otro siempre me dará felicidad. En Villaviciosa (no podía ser en otro sitio) me han dicho a través de risas y aplausos, que puedo con todo. Y yo, en agradecimiento, estaré ahí siempre que me necesiten para hacer reír pase lo que pase. Es mi trabajo. Y me hace feliz.
miércoles, 20 de enero de 2016
Es difícil triunfar sin "amigos": el por qué del fracaso de Joey
Recuerdo que Cómo conocí a vuestra madre cuando nació resultó ser una especie de metadona para lo que a muchos fans había supuesto la
pérdida de la siempre recordada Friends. Sin embargo, entre la desaparición de Friends y el nacimiento de Cómo conocí a vuestra madre, nacía una serie que realmente tenía el propósito de ser esa metadona: el spin-off protagonizado por Joey llamado, curiosamente, Joey. Es fácil
preguntarse, si realmente la gente tenía tanto mono de Friends por qué la
audiencia decidió recurrir a otro grupo
de jóvenes completamente diferentes en vez de quedarse con Joey si al
final era lo mismo. Voy a analizar las que yo creo que fueron las
razones por las cuales nuestro querido Joey Trivianni no fue capaz de
volar solo, como lo hizo Frasier en su día (o Aída aquí).
Efectivamente la serie resulto un batacazo bastante sonado, y ciertamente si lo pensamos es bastante incomprensible: uno de los personajes más populares de una de las series más populares se acaba ganando su propia historia. Y la historia no es mala, y encima concuerda perfectamente con lo que ya conocíamos del personaje. Echadle un vistazo al final de Friends. Volved a verlo. Venga, espero.. ¿ya? Vale. ¿No habéis visto algo raro? ¿Qué pasa con Joey? Monica y Chandler se van a vivir a las afueras con su bebe, Phoebe se casa, Ross y Rachel también se van juntos. Todos tienen su final tipo “y fueron felices”, pero de Joey no sabemos nada. Por lo visto, aunque ni los guionistas ni los directores fueron los mismos que en Friends, la idea de un spin off sobre Joey ya estaba corriendo por la mente de los guionistas. Joey se queda “huérfano” de todas las personas que conoce en Nueva York (agente Stella incluida) en lo que da la sensación de ser una especie de “a partir de aquí es todo vuestro”. Y la historia está tratada con mucho mimo. El episodio piloto de Joey, creo que es la mejor transición de serie origen a serie propia que he visto en mi vida. Creo… que incluso mejor que en Frasier (sí, lo he dicho). Realmente puedes sentir en Joey esa mezcla de emoción por una nueva vida y añoranza por la que ha dejado atrás que todos nosotros podemos llegar a sentir alguna vez. Puedes imaginarte a Joey en su apartamento de Nueva York pensándose si dejar la gran manzana o no y costándole tomar esa decisión. Y en el resto de episodios, los argumentos y los diálogos de Joey resultan coherentes con el personaje, el estilo de Friends se mantiene y puedes imaginarte los argumentos de Joey pasándole en Friends sin ningún problema. Muy bien, argumento bien, Joey perfecto, ¿Qué narices le pasó entonces?
Pues eso, que si te sales de Joey la serie no tiene más que rascar. Como sabéis he estado leyendo un libro buenisimo: How to Write a Sitcom. En él se habla de una paradoja curiosísima de la sitcom, a pesar del nombre lo que da éxito a una serie de este género no son las situaciones, son los personajes. Joey es magnífico, pero el resto del elenco de Friends tienen el mismo peso en la serie, ninguno está por encima del otro. Lo mismo en Cómo conocí a vuestra madre, a pesar de que sea el que está contando la historia, en realidad los protagonistas son todos ellos. Y no me vale la excusa de que sea un spin off, ¿os imagináis Aida sin Luisma? Voy a ir más allá, ¿os imagináis a Frasier sin Niles, o sin su padre, o sin la cuidadora británica… O INCLUSO SIN EL PERRO? Frasier consiguió un éxito descomunal porque, con la excusa de seguir las andanzas de aquel psicólogo pijo que habíamos conocido en una taberna de Boston, nos presentaron a unos personajes que simplemente eran maravillosos. En Joey, solo esta Joey. Fijaos en el cartel promocional (al final de este artículo). Es más, fijaos en la cabecera:
Creo que la cabecera refleja a la perfección lo que es esta serie: Joey embarcándose a un viaje él solo, sin nadie que le acompañe. Los actores son geniales, y las situaciones de notable alto, pero los personajes son increíblemente olvidables. Todos los argumentos de todos los episodios tienen como principal estrella a Joey, en ningún momento hay respiro para Matt LeBlanc, o al menos, un momento para que el resto de personajes nos permita interesarnos un poquito por ellos. Ese es el gran fallo de esta serie, el espectador quiere personajes por los que preocuparse (así, en plural), y los guionistas fracasaron estrepitosamente con los que nos intentaron presentar. Ni siquiera la tensión sexual no resuelta (que TAN bien había funcionado en Friends)entre Joey y la vecina ayudó (la idea es buena, pero se rellenó de manera regular).
En resumen, la serie vale muchísimo la pena ver si eres fan de Friends y quieres saber que le paso a Joey cuando el resto de personajes fueron buscándose la vida lejos del Central Perk. Eso esta muy cuidado, le da a Joey el final que Friends nos deja en el aire, y aunque cambiemos de guionistas, sigue siendo nuestro Joey inocentón y ligón que tanto adoramos. Por otro lado, esta serie demuestra que no vale un solo personaje bueno y buenas situaciones para hacer de una sitcom un éxito.
Efectivamente la serie resulto un batacazo bastante sonado, y ciertamente si lo pensamos es bastante incomprensible: uno de los personajes más populares de una de las series más populares se acaba ganando su propia historia. Y la historia no es mala, y encima concuerda perfectamente con lo que ya conocíamos del personaje. Echadle un vistazo al final de Friends. Volved a verlo. Venga, espero.. ¿ya? Vale. ¿No habéis visto algo raro? ¿Qué pasa con Joey? Monica y Chandler se van a vivir a las afueras con su bebe, Phoebe se casa, Ross y Rachel también se van juntos. Todos tienen su final tipo “y fueron felices”, pero de Joey no sabemos nada. Por lo visto, aunque ni los guionistas ni los directores fueron los mismos que en Friends, la idea de un spin off sobre Joey ya estaba corriendo por la mente de los guionistas. Joey se queda “huérfano” de todas las personas que conoce en Nueva York (agente Stella incluida) en lo que da la sensación de ser una especie de “a partir de aquí es todo vuestro”. Y la historia está tratada con mucho mimo. El episodio piloto de Joey, creo que es la mejor transición de serie origen a serie propia que he visto en mi vida. Creo… que incluso mejor que en Frasier (sí, lo he dicho). Realmente puedes sentir en Joey esa mezcla de emoción por una nueva vida y añoranza por la que ha dejado atrás que todos nosotros podemos llegar a sentir alguna vez. Puedes imaginarte a Joey en su apartamento de Nueva York pensándose si dejar la gran manzana o no y costándole tomar esa decisión. Y en el resto de episodios, los argumentos y los diálogos de Joey resultan coherentes con el personaje, el estilo de Friends se mantiene y puedes imaginarte los argumentos de Joey pasándole en Friends sin ningún problema. Muy bien, argumento bien, Joey perfecto, ¿Qué narices le pasó entonces?
Pues eso, que si te sales de Joey la serie no tiene más que rascar. Como sabéis he estado leyendo un libro buenisimo: How to Write a Sitcom. En él se habla de una paradoja curiosísima de la sitcom, a pesar del nombre lo que da éxito a una serie de este género no son las situaciones, son los personajes. Joey es magnífico, pero el resto del elenco de Friends tienen el mismo peso en la serie, ninguno está por encima del otro. Lo mismo en Cómo conocí a vuestra madre, a pesar de que sea el que está contando la historia, en realidad los protagonistas son todos ellos. Y no me vale la excusa de que sea un spin off, ¿os imagináis Aida sin Luisma? Voy a ir más allá, ¿os imagináis a Frasier sin Niles, o sin su padre, o sin la cuidadora británica… O INCLUSO SIN EL PERRO? Frasier consiguió un éxito descomunal porque, con la excusa de seguir las andanzas de aquel psicólogo pijo que habíamos conocido en una taberna de Boston, nos presentaron a unos personajes que simplemente eran maravillosos. En Joey, solo esta Joey. Fijaos en el cartel promocional (al final de este artículo). Es más, fijaos en la cabecera:
Creo que la cabecera refleja a la perfección lo que es esta serie: Joey embarcándose a un viaje él solo, sin nadie que le acompañe. Los actores son geniales, y las situaciones de notable alto, pero los personajes son increíblemente olvidables. Todos los argumentos de todos los episodios tienen como principal estrella a Joey, en ningún momento hay respiro para Matt LeBlanc, o al menos, un momento para que el resto de personajes nos permita interesarnos un poquito por ellos. Ese es el gran fallo de esta serie, el espectador quiere personajes por los que preocuparse (así, en plural), y los guionistas fracasaron estrepitosamente con los que nos intentaron presentar. Ni siquiera la tensión sexual no resuelta (que TAN bien había funcionado en Friends)entre Joey y la vecina ayudó (la idea es buena, pero se rellenó de manera regular).
En resumen, la serie vale muchísimo la pena ver si eres fan de Friends y quieres saber que le paso a Joey cuando el resto de personajes fueron buscándose la vida lejos del Central Perk. Eso esta muy cuidado, le da a Joey el final que Friends nos deja en el aire, y aunque cambiemos de guionistas, sigue siendo nuestro Joey inocentón y ligón que tanto adoramos. Por otro lado, esta serie demuestra que no vale un solo personaje bueno y buenas situaciones para hacer de una sitcom un éxito.
martes, 12 de enero de 2016
El running gag vs. la muletilla
El otro día hablaba en mi entrada de las muletillas (o "catch phrases") que inundan las series. Supongo que tras leerlo quedó más o menos claro que... bueno... no soy un fan...
Ya... Vale, Mark Wahlberg, capto la ironía. Sin embargo hoy quería hablar de otro recurso humorístico por el que sí que tengo aprecio y que sin embargo suele confundirse: me refiero al running gag. Se trata de una situación o un planteamiento que se repite varias veces pero que tiene resultados diferentes. Una forma de decirle al público "Esperad, aquí viene un chiste". Por poneros un ejemplo, aún quizás pareciendo algo nacicista, servirá un monólogo de este joven, atractivo, buenorro y brillante cómico amateur que está empezando y que, chicas, está soltero ;)
Si no nos centramos en lo mucho que os gustaría follaros a este chaval (comprensible), analicemos el curso del running gag. La base es la misma, al cómico le llama la atención la coincidencia entre el apellido de Pedro Aguado y la profesión que le hizo famoso (waterpolista en este caso). A través de la repetición, se ha "educado" al público para que espere un chiste cada vez que menciona esta coincidencia. Si os fijáis, cada vez que el cómico dice "Um... Aguado" se escucha alguna risa ansiosa esperando el gag que ya le han anunciado.
- Pero, Sr. Marcos, ¿no dices siempre que la comedia se basa sobretodo en buscar la sorpresa en el espectador?
¡Así es, Billy! Eso es lo que hace esa técnica tan especial. Aun siendo el planteamiento el mismo, y anunciandote de alguna manera cuando va a llegar el chiste, el cómico sigue buscando la sorpresa. El planteamiento del gag es exactamente el mismo, pero hay unos huecos que rellenar: "¿Os habéis fijado que se llama Aguado y era Waterpolista? Es como si te llamas ______ y te te dedicas a ______". El gag en sí, si os fijáis, está precisamente en los huecos en blanco que rellenar. A diferencia de la muletilla, en la que el gag está en... repetir la puñetera frase como si no hubiera mañana.
La muletilla es la ley del mínimo esfuerzo. Ponla donde sea y el público se reirá:
-Hola, me llamo Josefina.
-¿Quies salami? / ¡Un poquito de por favor! / ¿He sido yo? / ¡Zas en toda la boca! / ¡Qué pechotes!
Cualquiera vale.
En el running gag, sin embargo, el esfuerzo es notable. No sólo tienes que crear el gag, aunque la situación ya esté dada, sino que tienes que asegurarte de que cada vez que lo uses sea más gracioso. Si el gag que has sacado para el tercer running gag, que es cuando al público ya ha pillado el transcurso del mismo, resulta lo más mínimamente menos gracioso que el segundo, el running gag está arruinado. El running gag tiene que ir in crecendo. Si os fijáis en el vídeo, empieza con algo chistosillo, como lo de Vives, va ahumentando mencionando gente que existe realmente (como Mato y Monedero) y lo remata con algo que roza lo políticamente incorrecto. Esto, obviamente, no está hecho al libre albedrío, sino con la conciencia de que cada gag tiene que ser más sorprendente que el anterior y que debe aportar algo nuevo. Si durante todos los running gags hubiera usado siempre nombres inventados, o durante todo el gag hubiera usado nombres de personas que existen, o si durante todo el gag hubiera sido políticamente incorrecto, lo más probable es que el público se hubiera cansado en cuanto mencionara lo de Aguado por tercera vez. Por eso, aún estando en el mismo contexto, intento cambiar para sorprender al público dentro de lo que el running gag me permite. Eso es lo que me apasiona y lo que admiro de quienes saben hacer running gags, no se trata de repetir. Es una especie de "pilla pilla", haces que el espectador te siga por un camino y cuando ya esté en ese camino cambias a otro, pero sin dejar de jugar al mismo juego.
Como no quiero parecer un narcicista que se cree la repera, aquí tenéis un estupendo running gag protagonizado por los Teleñecos. Eso sí, en inglés:
Fijáos cómo sube la absurdez en cada llamada. Cada una es más absurda que la anterior. Las dos primeras son más o menos iguales, en cuanto sale agua, Fozzy dice que los que llaman son "The water deparment".Cuando sale humo es "The fire deparment". A estas alturas ya se ha "educado" al público de cómo va a funcionar el running gag (incluso Gustavo hace un guiño: "I think this is what they call a running gag"). En el tercero, salen monedas y lo primero que piensas es "Vale, ahora va a decir "Money deparment" o "Economy depament", pero pega el giro y dice "Las Vegas". Ha cambiado la estructura para que no nos lo esperáramos y nos provocara risa. Luego la cosa se desborda del todo con explosiones y un chiste políticamente no del todo correcto (recordemos que cuando esto se rodó, estábamos en plena guerra fría) y finalmente Gustavo, que ya ve la estructura, intenta impedir el running gag. Magistral.
Y por eso me encanta el running gag, es algo que aún repitiéndose juega al despiste con el espectador. Nos educa para que pensemos que vamos a obtener una cosa y nos acaba dando otra, dándonos un giro de tuerca más, que en el humor siempre se agradece.Un esfuerzo notable y más que admirable para todos aquellos que consiguen realizarlo bien.
-Pero, Sr. Marcos.
¿Sí, Billy?
-¿Qué significa "running gag"?
...
Ya... Vale, Mark Wahlberg, capto la ironía. Sin embargo hoy quería hablar de otro recurso humorístico por el que sí que tengo aprecio y que sin embargo suele confundirse: me refiero al running gag. Se trata de una situación o un planteamiento que se repite varias veces pero que tiene resultados diferentes. Una forma de decirle al público "Esperad, aquí viene un chiste". Por poneros un ejemplo, aún quizás pareciendo algo nacicista, servirá un monólogo de este joven, atractivo, buenorro y brillante cómico amateur que está empezando y que, chicas, está soltero ;)
Si no nos centramos en lo mucho que os gustaría follaros a este chaval (comprensible), analicemos el curso del running gag. La base es la misma, al cómico le llama la atención la coincidencia entre el apellido de Pedro Aguado y la profesión que le hizo famoso (waterpolista en este caso). A través de la repetición, se ha "educado" al público para que espere un chiste cada vez que menciona esta coincidencia. Si os fijáis, cada vez que el cómico dice "Um... Aguado" se escucha alguna risa ansiosa esperando el gag que ya le han anunciado.
- Pero, Sr. Marcos, ¿no dices siempre que la comedia se basa sobretodo en buscar la sorpresa en el espectador?
¡Así es, Billy! Eso es lo que hace esa técnica tan especial. Aun siendo el planteamiento el mismo, y anunciandote de alguna manera cuando va a llegar el chiste, el cómico sigue buscando la sorpresa. El planteamiento del gag es exactamente el mismo, pero hay unos huecos que rellenar: "¿Os habéis fijado que se llama Aguado y era Waterpolista? Es como si te llamas ______ y te te dedicas a ______". El gag en sí, si os fijáis, está precisamente en los huecos en blanco que rellenar. A diferencia de la muletilla, en la que el gag está en... repetir la puñetera frase como si no hubiera mañana.
La muletilla es la ley del mínimo esfuerzo. Ponla donde sea y el público se reirá:
-Hola, me llamo Josefina.
-¿Quies salami? / ¡Un poquito de por favor! / ¿He sido yo? / ¡Zas en toda la boca! / ¡Qué pechotes!
Cualquiera vale.
En el running gag, sin embargo, el esfuerzo es notable. No sólo tienes que crear el gag, aunque la situación ya esté dada, sino que tienes que asegurarte de que cada vez que lo uses sea más gracioso. Si el gag que has sacado para el tercer running gag, que es cuando al público ya ha pillado el transcurso del mismo, resulta lo más mínimamente menos gracioso que el segundo, el running gag está arruinado. El running gag tiene que ir in crecendo. Si os fijáis en el vídeo, empieza con algo chistosillo, como lo de Vives, va ahumentando mencionando gente que existe realmente (como Mato y Monedero) y lo remata con algo que roza lo políticamente incorrecto. Esto, obviamente, no está hecho al libre albedrío, sino con la conciencia de que cada gag tiene que ser más sorprendente que el anterior y que debe aportar algo nuevo. Si durante todos los running gags hubiera usado siempre nombres inventados, o durante todo el gag hubiera usado nombres de personas que existen, o si durante todo el gag hubiera sido políticamente incorrecto, lo más probable es que el público se hubiera cansado en cuanto mencionara lo de Aguado por tercera vez. Por eso, aún estando en el mismo contexto, intento cambiar para sorprender al público dentro de lo que el running gag me permite. Eso es lo que me apasiona y lo que admiro de quienes saben hacer running gags, no se trata de repetir. Es una especie de "pilla pilla", haces que el espectador te siga por un camino y cuando ya esté en ese camino cambias a otro, pero sin dejar de jugar al mismo juego.
Como no quiero parecer un narcicista que se cree la repera, aquí tenéis un estupendo running gag protagonizado por los Teleñecos. Eso sí, en inglés:
Fijáos cómo sube la absurdez en cada llamada. Cada una es más absurda que la anterior. Las dos primeras son más o menos iguales, en cuanto sale agua, Fozzy dice que los que llaman son "The water deparment".Cuando sale humo es "The fire deparment". A estas alturas ya se ha "educado" al público de cómo va a funcionar el running gag (incluso Gustavo hace un guiño: "I think this is what they call a running gag"). En el tercero, salen monedas y lo primero que piensas es "Vale, ahora va a decir "Money deparment" o "Economy depament", pero pega el giro y dice "Las Vegas". Ha cambiado la estructura para que no nos lo esperáramos y nos provocara risa. Luego la cosa se desborda del todo con explosiones y un chiste políticamente no del todo correcto (recordemos que cuando esto se rodó, estábamos en plena guerra fría) y finalmente Gustavo, que ya ve la estructura, intenta impedir el running gag. Magistral.
Y por eso me encanta el running gag, es algo que aún repitiéndose juega al despiste con el espectador. Nos educa para que pensemos que vamos a obtener una cosa y nos acaba dando otra, dándonos un giro de tuerca más, que en el humor siempre se agradece.Un esfuerzo notable y más que admirable para todos aquellos que consiguen realizarlo bien.
-Pero, Sr. Marcos.
¿Sí, Billy?
-¿Qué significa "running gag"?
...
miércoles, 6 de enero de 2016
El espectador pide pizza.
Hace no muchos años le tenía una manía horrible a la pizza. La odiaba. No sabía qué es lo que tenía esa especie de lasaña redonda con pan, pero a todo el mundo le encantaba. La tenía vetada de mi vida. Esto fue hasta que empecé a vivir solo y mi economía mandaba sobre lo que pedía mi paladar y... resultó ser una de mis comidas favoritas.
¿Os imagináis que acabo aquí la entrada y os dejo así?
El punto al que quiero llegar es que muchas veces tenemos la ilusión de haber elegido algo cuando en realidad no es tanto el que nosotros hayamos elegido como el que no nos hayan dado otra opción. Es como lo que pasa en Asturias con la llingua asturiana. La mayoría de la gente en Asturias cree que habla castellano porque ha sido su decisión cuando, en realidad, nunca se le dio ninguna otra opción.
Pero no vengo a hablar de temas políticos, por ahora, sino de temas artísticos. De la misma manera que pasa con una comida que no has llegado a probar, o que pasa en Asturias con el asturiano, puede llegar a pasar con la ficción que consumimos. Últimamente me veo inmerso en la tele en sitcoms con un guión que parecen fotocopias episodio por episodio: "relleno, relleno relleno relleno *muletilla* relleno relleno relleno relleno *muletilla* relleno relleno relleno *muletilla". Algo así como lo que parodiaban Los Simpsons con aquel genial episodio de "El niño de yo no he sido". ¿Os acordáis?
Lo sé, la referencia es clara a Cosas de casa, una sitcom norteamericana de los 90, pero en pleno siglo XXI, ¿me vais a decir que la parodia no está más al día que nunca? ¿O me vais a negar que no os recuerda ligeramente a esto?
Umm... una canción que consiste sólo en soltar las muletillas del personaje en la serie, ¿familiar?
Las muletillas (o "catchphrase" como se dice en inglés) parecen estar hoy tan de moda como lo estaban hacen veinte años. Ninguna serie se libra, ni en España ni en EE. UU. (Toc toc, Penny. Toc toc, Penny. Toc toc, Penny). Como siempre, la opinión es subjetiva y lo que yo diga no es ni mucho menos la Biblia, pero personalmente el abuso de muletillas me parece de guionista perezoso. Es como si te dijeran "Hey, ¿os acordáis de aquella situación que nos resultó TAN graciosa? ¿Qué os parece si lo repetimos exactamente igual sin ningún cambio en absoluto?". Sin embargo, comentando esto un amigo mío que sabe de guiones más que yo me hizo ver la otra cara de la moneda, "¿no será - decía - que es el público el que dice "dadnos más de esto que fue tan gracioso, por favor, no se os ocurra darnos nada nuevo"?" y en gran parte, tiene razón. ¿Cuál es la razón de ser de un guionista sino entretenernos? Oye, y si sabe exactamente qué es lo que hace gracia, ¿por qué no usarlo? Más hoy en día, que gracias a las redes sociales puede estar en contacto con el público prácticamente en tiempo real. Si el público quiere más mandanga, más pinchito, o más pechotes, ¿quién soy yo para no dárselo? Pues aquí viene el problema... ¿y si el público no sabe que quiere algo diferente? ¿Y si está pasando como me pasó a mí con la pizza? Claro que el público te pide más muletillas, pero no le estás ofreciendo algo distinto. ¿Y si al público le apetece un poco de pizza de vez en cuando? Algo que fluya, que se sienta como nuevo, incluso si lo ves dos veces seguidas.
¿Sabéis qué tiene de especial Los Simpsons? ¿Por qué nos ponemos a ver el mismo capítulo una y otra vez? Porque aunque ya nos sepamos los diálogos de memoria, cada capítulo se siente diferente del resto. Cada capítulo de Los Simpsons tiene un alma especial que no tiene que ver con otros capítulos de Los Simpsons. Y esto lo han sabido mantener hasta en sus años más bajos. Sí, tenemos algún que otro "D'oh" o algún "Hola holita, vecinito" pero no te hacen sentir como que esas frases conquistan el episodio o que ralenticen el argumento.
Desde que empiezo a tomarme en serio lo de guionista y he tomado cursos, he podido comprobar de primera mano que, efectivamente, te educan para que escribas según lo que te piden los espectadores y no lo que te pide la historia, pero de nuevo, ¿no será probable que lo que los espectadores quieren es, precisamente, que el guionista respete la historia, aunque él mismo lo ignore pidiendo más de lo mismo? Una historia ha de tomar un giro inesperado de vez en cuando, porque sino se vuelve insulso, previsible y, lo que es peor, olvidable. Para mí el mejor ejemplo del tipo de riesgos que corrieron series como Los Simpson en pro de la historia y haciendo oídos sordos a lo que el espectador creía que quería es este
Estoy seguro de que todos recordaréis esta historia, y estoy seguro de que todos recordaréis que os chocó el final trágicómico. También estoy seguro de que si os preguntaran antes de ver el episodio, pediríais un final feliz. Pero tenéis que reconocerlo, un final como éste, gracioso pero que te sientes culpable de reírte, hace este capítulo uno de los mejores de la larga historia de la serie. Probablemente un final feliz no habría hecho que guardaramos este capítulo en un lugar tan especial de nuestra memoria como lo hizo este final grotesco. Y si recordáis el capítulo, todo está perfectamente diseñado. Podían fácilmente haber hecho de Frank Grimes un capullo que nos cayera mal, pero no. Entendemos su sufrimiento, y hasta entendemos perfectamente el odio hacia nuestro "héroe" Homer. Eso hace que el momento en el que vemos su nombre en la lápida sintamos una mezcla de pena y sonrisa culpable por el gag.
Este capítulo fue contra todos los estándares de lo que supuestamente el espectador quiere: un enemigo de Homer con el que empatizamos y un final más bien amargo. Aún así, es uno de los episodios favoritos de casi todos los fans de la serie. Por otro lado, cuando pasen los años, dudo mucho que la gente recuerde un sólo argumento de un capítulo de La que se avecina (es más, me pongo a pensar ahora mismo y no recuerdo más que gags sueltos, pero ningún argumento).
Por eso creo que, aunque la profesión de guionista, más ahora con las redes sociales, tiene la maravillosa opción de poder escuchar al que, al fin y al cabo, es tu cliente, y es algo que desde luego no está de más, tampoco es mala idea darle un trocito de pizza de vez en cuando. Quizás le guste.
¿Os imagináis que acabo aquí la entrada y os dejo así?
El punto al que quiero llegar es que muchas veces tenemos la ilusión de haber elegido algo cuando en realidad no es tanto el que nosotros hayamos elegido como el que no nos hayan dado otra opción. Es como lo que pasa en Asturias con la llingua asturiana. La mayoría de la gente en Asturias cree que habla castellano porque ha sido su decisión cuando, en realidad, nunca se le dio ninguna otra opción.
Pero no vengo a hablar de temas políticos, por ahora, sino de temas artísticos. De la misma manera que pasa con una comida que no has llegado a probar, o que pasa en Asturias con el asturiano, puede llegar a pasar con la ficción que consumimos. Últimamente me veo inmerso en la tele en sitcoms con un guión que parecen fotocopias episodio por episodio: "relleno, relleno relleno relleno *muletilla* relleno relleno relleno relleno *muletilla* relleno relleno relleno *muletilla". Algo así como lo que parodiaban Los Simpsons con aquel genial episodio de "El niño de yo no he sido". ¿Os acordáis?
Lo sé, la referencia es clara a Cosas de casa, una sitcom norteamericana de los 90, pero en pleno siglo XXI, ¿me vais a decir que la parodia no está más al día que nunca? ¿O me vais a negar que no os recuerda ligeramente a esto?
Las muletillas (o "catchphrase" como se dice en inglés) parecen estar hoy tan de moda como lo estaban hacen veinte años. Ninguna serie se libra, ni en España ni en EE. UU. (Toc toc, Penny. Toc toc, Penny. Toc toc, Penny). Como siempre, la opinión es subjetiva y lo que yo diga no es ni mucho menos la Biblia, pero personalmente el abuso de muletillas me parece de guionista perezoso. Es como si te dijeran "Hey, ¿os acordáis de aquella situación que nos resultó TAN graciosa? ¿Qué os parece si lo repetimos exactamente igual sin ningún cambio en absoluto?". Sin embargo, comentando esto un amigo mío que sabe de guiones más que yo me hizo ver la otra cara de la moneda, "¿no será - decía - que es el público el que dice "dadnos más de esto que fue tan gracioso, por favor, no se os ocurra darnos nada nuevo"?" y en gran parte, tiene razón. ¿Cuál es la razón de ser de un guionista sino entretenernos? Oye, y si sabe exactamente qué es lo que hace gracia, ¿por qué no usarlo? Más hoy en día, que gracias a las redes sociales puede estar en contacto con el público prácticamente en tiempo real. Si el público quiere más mandanga, más pinchito, o más pechotes, ¿quién soy yo para no dárselo? Pues aquí viene el problema... ¿y si el público no sabe que quiere algo diferente? ¿Y si está pasando como me pasó a mí con la pizza? Claro que el público te pide más muletillas, pero no le estás ofreciendo algo distinto. ¿Y si al público le apetece un poco de pizza de vez en cuando? Algo que fluya, que se sienta como nuevo, incluso si lo ves dos veces seguidas.
¿Sabéis qué tiene de especial Los Simpsons? ¿Por qué nos ponemos a ver el mismo capítulo una y otra vez? Porque aunque ya nos sepamos los diálogos de memoria, cada capítulo se siente diferente del resto. Cada capítulo de Los Simpsons tiene un alma especial que no tiene que ver con otros capítulos de Los Simpsons. Y esto lo han sabido mantener hasta en sus años más bajos. Sí, tenemos algún que otro "D'oh" o algún "Hola holita, vecinito" pero no te hacen sentir como que esas frases conquistan el episodio o que ralenticen el argumento.
Desde que empiezo a tomarme en serio lo de guionista y he tomado cursos, he podido comprobar de primera mano que, efectivamente, te educan para que escribas según lo que te piden los espectadores y no lo que te pide la historia, pero de nuevo, ¿no será probable que lo que los espectadores quieren es, precisamente, que el guionista respete la historia, aunque él mismo lo ignore pidiendo más de lo mismo? Una historia ha de tomar un giro inesperado de vez en cuando, porque sino se vuelve insulso, previsible y, lo que es peor, olvidable. Para mí el mejor ejemplo del tipo de riesgos que corrieron series como Los Simpson en pro de la historia y haciendo oídos sordos a lo que el espectador creía que quería es este
Este capítulo fue contra todos los estándares de lo que supuestamente el espectador quiere: un enemigo de Homer con el que empatizamos y un final más bien amargo. Aún así, es uno de los episodios favoritos de casi todos los fans de la serie. Por otro lado, cuando pasen los años, dudo mucho que la gente recuerde un sólo argumento de un capítulo de La que se avecina (es más, me pongo a pensar ahora mismo y no recuerdo más que gags sueltos, pero ningún argumento).
Por eso creo que, aunque la profesión de guionista, más ahora con las redes sociales, tiene la maravillosa opción de poder escuchar al que, al fin y al cabo, es tu cliente, y es algo que desde luego no está de más, tampoco es mala idea darle un trocito de pizza de vez en cuando. Quizás le guste.
sábado, 2 de enero de 2016
Mucho prometer hasta meter...
Lo sé, prometí una entrada al mes y tengo esto super abandonao, pero, ¿qué más da? ¿Acaso cambiaría algo que lo hubiera mantenido? Sí, falté a mi promesa, pero que sea yo el que no cumple la promesa por una vez tampoco pasa nada.
He acabado el año con una muy mala racha artística. No me pasa nada bueno en ese plano desde Septiembre, cuando me llamaron de Telecinco para aquel casting, y el casting (nervios, miedo y cosas mal hechas juntas) no es que haya salido de vicio. Por no hablar de proyectos que empiezas con toda la puta ilusión del mundo y que se va desmoronando más y más hasta que no te queda más remedio que decir "a la mierda, yo solo no puedo". Duele bastante, pero una retirada a tiempo es una victoria, ¿no? Eso dicen, vaya... De uno de esos proyecto fracasados resultó uno algo más humilde que el que tenía planeado, el canal de Frikaes n'asturianu (sí, publicidad encubierta; y por cierto, acepto sugerencias).
El otro día, volví a ver el vídeo que subí a facebook, en el que finjo celebrar la nochevieja en la puerta del Sol (otro "éxito" ese vídeo, por cierto). Por si alguien (de los... tres que lo vieron) aún lo duda, ese vídeo lo grabé el pasado Septiembre, mientras estaba en Madrid por el famoso casting para Got Talent Spain. Era un momento más o menos dulce, entre otras cosas porque, como se ve en el vídeo, me sentí enteramente apoyado por mucha gente. Ese apoyo ha ido menguando cada vez más estos últimos meses y, sinceramente, cada vez me siento menos apoyado en mi faceta de artista. Puede que la culpa sea mía, no he hecho nada destacable en los últimos tres meses y pico, pero, por otro lado, tampoco he tenido la oportunidad de hacer nada destacable en los últimos tres meses y pico. Y esto me lleva otra vez al tema de las promesas. Y que nadie se ofenda, porque a quien voy a mencionar ahora esun muy buen amigo, pero lo de este verano me ha dejado bastante en la estacada. Nada que él no sepa, de todas formas, se lo dije en su momento ya. Fue una vara, tenía material nuevo preparado específicamente para él, pero no hubo forma de sacarlo a la luz. Mala suerte. Luego pasó lo de Nava... Ovín... lo que sea, donde no sólo me faltaron a promesa a mí sino a mi amiga Adri. Con todo cerrado para un buen bolo con buen público y buena fecha, nos lo cambian a... bueno, no puedo hablar mucho. Digamos que no fue el "feedback" que esperaba. Políticos que incumplen promesas, ¡quién lo diría!
El tiempo pasa, a estas alturas de la vid adebería tener un futuro más o menos encaminado, pero tengo la sensación de que no tengo nada. Nada sobre lo que sostenerme, nada de qué presumir. Sólo anécdotas y la verdad es que me preocupa. Siempre he dicho que por un lado me gustaría tener alguien con quien sentarme a contar estas cosas que me comen, pero por otro, me cuenta tanto sentarme con alguien de verdad a contar estas cosas y agobiarle... Además, cada vez me cuesta más y más confiar en la gente.
Y es lo que me he encontrado desde que me intento meter en este mundo: promesas, promesas, promesas, promesas... Y luego, como me dijo alguien a quien llegué a querer mucho, "mucho prometer hasta meter, una vez metido nada de lo prometido". Curioso que esa frase me la enseñó la persona que incumplió la promesa quemás me destrozó en la vida.
He acabado el año con una muy mala racha artística. No me pasa nada bueno en ese plano desde Septiembre, cuando me llamaron de Telecinco para aquel casting, y el casting (nervios, miedo y cosas mal hechas juntas) no es que haya salido de vicio. Por no hablar de proyectos que empiezas con toda la puta ilusión del mundo y que se va desmoronando más y más hasta que no te queda más remedio que decir "a la mierda, yo solo no puedo". Duele bastante, pero una retirada a tiempo es una victoria, ¿no? Eso dicen, vaya... De uno de esos proyecto fracasados resultó uno algo más humilde que el que tenía planeado, el canal de Frikaes n'asturianu (sí, publicidad encubierta; y por cierto, acepto sugerencias).
El otro día, volví a ver el vídeo que subí a facebook, en el que finjo celebrar la nochevieja en la puerta del Sol (otro "éxito" ese vídeo, por cierto). Por si alguien (de los... tres que lo vieron) aún lo duda, ese vídeo lo grabé el pasado Septiembre, mientras estaba en Madrid por el famoso casting para Got Talent Spain. Era un momento más o menos dulce, entre otras cosas porque, como se ve en el vídeo, me sentí enteramente apoyado por mucha gente. Ese apoyo ha ido menguando cada vez más estos últimos meses y, sinceramente, cada vez me siento menos apoyado en mi faceta de artista. Puede que la culpa sea mía, no he hecho nada destacable en los últimos tres meses y pico, pero, por otro lado, tampoco he tenido la oportunidad de hacer nada destacable en los últimos tres meses y pico. Y esto me lleva otra vez al tema de las promesas. Y que nadie se ofenda, porque a quien voy a mencionar ahora esun muy buen amigo, pero lo de este verano me ha dejado bastante en la estacada. Nada que él no sepa, de todas formas, se lo dije en su momento ya. Fue una vara, tenía material nuevo preparado específicamente para él, pero no hubo forma de sacarlo a la luz. Mala suerte. Luego pasó lo de Nava... Ovín... lo que sea, donde no sólo me faltaron a promesa a mí sino a mi amiga Adri. Con todo cerrado para un buen bolo con buen público y buena fecha, nos lo cambian a... bueno, no puedo hablar mucho. Digamos que no fue el "feedback" que esperaba. Políticos que incumplen promesas, ¡quién lo diría!
El tiempo pasa, a estas alturas de la vid adebería tener un futuro más o menos encaminado, pero tengo la sensación de que no tengo nada. Nada sobre lo que sostenerme, nada de qué presumir. Sólo anécdotas y la verdad es que me preocupa. Siempre he dicho que por un lado me gustaría tener alguien con quien sentarme a contar estas cosas que me comen, pero por otro, me cuenta tanto sentarme con alguien de verdad a contar estas cosas y agobiarle... Además, cada vez me cuesta más y más confiar en la gente.
Y es lo que me he encontrado desde que me intento meter en este mundo: promesas, promesas, promesas, promesas... Y luego, como me dijo alguien a quien llegué a querer mucho, "mucho prometer hasta meter, una vez metido nada de lo prometido". Curioso que esa frase me la enseñó la persona que incumplió la promesa quemás me destrozó en la vida.
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