Sentir es esa cosa tan inútil que hacemos los humanos, pero que no podemos evitar hacer. Aunque queramos. Si no me gustara tanto esto de escribir y contar historias creo que probablemente me habría sido psicólogo. Aunque supongo que tampoco están tan lejos de los sentimientos. Cuando escribo intento manipular los sentimientos de quien me lee, ya sea para provocar tristeza, drama, tensión... en mi caso, casi siempre la risa, que no deja de ser otro sentimiento, la muestra más grande de la felicidad.
Pero sin duda el sentimiento que más nos trae de cabeza a todos desde que lo descubrimos hasta que nos vamos de este mundo es el amor. Me refiero al "amor romántico", claro. Aún me acuerdo de cuando tenía 17 años y mi profesor de filosofía me hizo una pregunta: "¿Qué es para ti estar enamorado, Marcos?" (me lo preguntó a mí porque sabía que estaba empezando con Melissa y estaba que bebía los vientos por ella, como el adolescente enamorado que era). Y en ese momento te crees que lo sabes: ¡qué va a ser! Pensar en ella, verla como un ser especial, que todo gira a su alrededor, que no piensas en otra persona... "Entonces, Marcos, ¿yo estoy enamorado de mi hijo? Porque eso que dices lo siento por mi hijo...", "Bueno..." - dijo otro de los alumnos - "no creo que usted haga con su hijo lo que Marcos hace con su novia", "¿Entonces todo se reduce al deseo sexual? ¿Entonces estoy enamorado de Angelina Jolie?". La propia Melissa me llegó a decir una vez, también por aquella época, "Si te has imaginado besando a alguien, es que estás enamorado de ella". Estamos en las mismas, yo a estas alturas debo de estar enamorado de medio Pornhub. O el método supercientífico de "Si quieres desenamorarte de alguien, imagínatelo cagando". Debo tener una armadura contra eso o algo pero, por lo menos a mí, no me funciona.
Pero bueno, éramos críos, teníamos 17 años. A estas alturas tenemos más definido qué son los sentimientos, ¿no? ¡Pues no! Es que ahora, ¡lo tenemos hasta peor! En el instituto "gustar" y "estar enamorado" eran prácticamente sinónimos. Ahora, tenemos un abanico amplio de matices "gustar", "encapricharse con", "estar colado", "estar encoñado", "estar enamorado", "querer a alguien"... ¡y yo qué sé en qué puto punto de esa escala están mis jodidos sentimientos! Es que hasta el término "estar confundido" entra en ese abanico. ¡"Estar confudido"! Es como decir "¿Sabes qué? ¡Ni puta idea! Estoy entre me la quiero follar y quiero pasar la vida con ella, pero no sé cuál...". A veces creo que la etiqueta que le pongamos a nuestros sentimientos depende de los que la otra persona tenga por nosotros: que son correspondidos, estoy enamorado, que no son correspondidos, es sólo un cuelgue. Bueno, o así lo autodefinimos nosotros, tratando de autoengañarnos.
Y nosotros somos relativamente fáciles de engañar, incluso cuando ese engaño nos lo producimos nosotros mismos, pero a los sentimientos es muy difíciles engañarles. ¿Sabéis cuando salís, tenéis ganas de juerga, y os sentís muuuy cansados y con ganas de dormir, tratáis de engañaros a vosotros y a vuestro cuerpo pero no dejáis de sentiros cansados? Pues con estas cosas pasa exactamente lo mismo, te autoconvences de que no, hasta que de repente te sorprendes sintiendo lo último que deseabas sentir... me estoy explicando como el culo, pero seguramente al que le ha pasado me entenderá. A veces creo que deberíamos tener conversaciones con nosotros mismos estando borrachos para conocernos mejor, creo que es la mejor forma de ser sincero (y grabar esas conversaciones, que en ese estado es fácil olvidar las cosas).
Y lo peor es que... ¡joder, ni siquiera puedes elegir por quién sientes cosas! Cuando te pones a pensarlo, ¿no es un poco injusto? ¿Por qué no puedo elegir algo tan importante para mi vida y para la de otra persona como por quien me siento atraído? Esta mierda es tan aleatoria que de repente puedes sentirte enormemente culpable por sentir. Vamos, por sentir por quien no debes. Y sabe Dios (bueno, o la vida, o las estrellas, o los cocodrilos con labios grandes, o lo que sea que haya si hay algo...) que lo último que quiero es joder las cosas sintiendo. Vamos, que siento sentir lo que no debería sentir. ¡Qué manera de complicar las cosas! Con lo fácil que sería todo sin amor... Empiezo a pensar que el amor es... como comer pizza (¿qué sería de este blog sin las metáforas centradas en pizza?). Esta genial, es probablemente una de las mejores cosas del mundo, pero ese gusto dura muy muy poco y, encima, en exceso te hace sentir mal. ¡Pero incluso con la pizza eres TÚ el que eliges qué pizza te gusta! No es "tu estómago" el que te dice "Carbonara... toma Carbonara...", "No, pero la cabonara no me conviene. Me sienta mal" "Da igual, a ti te gusta la de Carbonara...", "¡Nunca me ha gustado la carbonara!", "¡Sí te gusta!". ¿Por qué el corazón tiene ese poder sobre las personas que el estómago no tiene? ¡Déjame elegir a mí la pizza que quiero! ¡Déjame elegir a mí con quién me siento a gusto! Tengo 29 putos años, ¿cómo puede ser que siga sin saber responder a aquella pregunta de mi profesor de filosofía?
sábado, 8 de septiembre de 2018
lunes, 13 de agosto de 2018
Relato: Tosca, áspera, irritante y se mete por doquier.
No soy
más que un chico corriente. Menos que un chico corriente. Soy un jodido
pringado. Soy el típico chico que está detrás de una chica, soñando con olor,
con su sonrisa, con estar con ella… pero que nunca consigue nada. El eterno
amigo. “El pagafantas” como le gusta a la gente decir a la gente con mala
leche. Con muy mala leche. He aguantado
borracheras, cortejos, crisis de pareja, rupturas, reconciliaciones… y todo
desde la sombra, ofreciendo un apoyo que cada vez me dolía más, y cuyo único
consuelo era el de verla sonreír… Dios mío, ¡qué cursi soy a veces! Pero sí,
realmente es en esos momentos, en los que empezamos a reír y a decir chorradas
que no tienen que ver con nada cuando empiezo a mirarla con ojos tiernos y a
desear besarla. Un sueño imposible, o eso creía yo. Hasta la pasada noche.
Era
jueves por la noche, y mi amiga y yo teníamos la costumbre de quedar en mi casa
a ver alguna película. Los dos somos muy cinéfilos, así que solemos ver de todo:
desde comedia, terror, pelis románticas, pelis de estas que son tan malas que
te acabas riendo (sobre todo si hay alguna copilla de más)… incluso alguna
noche, por hacer el tonto, nos llegamos a poner alguna peli porno. Por las
risas. Anoche parece que nos sentíamos frikis, así que decidimos ponernos Star Wars Episodio I. Por si nos
animábamos a una maratón de ocho películas. Normalmente nos ventilamos un par
de cuencos de palomitas y muchas cervezas, que ya tenía preparadas para su
llegada. La noche transcurrió sin más, como siempre, apagamos las luces y
dejamos que el portátil nos iluminara mientras veíamos aquello y soltábamos
comentarios sobre la película. Que si qué sentido tenía que Qui-Gon Jinn se
encaprichara tanto con Anakin, que qué coño son los midiclorianos esos, ¡que
por favor, se calle ya Jar JarBinks! En fin, sin más. Pero de repente pasó algo
un poco raro. Sé que suena películero, pero cuando fui a coger palomitas mi
mano se cruzó con la suya y estuvimos un buen rato. No sé si fue que ya llevaba
un par de cervezas, o que estaba muy cómodo, pero dejé que mi mano se deslizara
por la suya un buen rato, acariciando sus dedos, que estaban tan suaves. Es
como si mis manos tuvieran vida propia. Me giré hacia ella, que por lo visto
llevaba un rato mirándome, como esperando algo. Tragué saliva. Sabía lo que
quería hacer, pero no sabía si hacerlo. “¿Qué haces? ¿Qué te pasa?”, me
preguntó sonriendo. Era la señal, parecía que deseaba lo que yo tanto como lo
deseaba yo, pero uno es un pringao y sólo se me ocurrió decir “Se están
acabando las palomitas, voy a hacer más”. No os puedo describir la de veces que
me llamé “tonto” de camino al microondas. La de golpes contra la nevera que
propicié a mi estúpida cabeza. Volví con las palomitas y la sesión continuó
hasta que acabó la película.
“¿Hace
la segunda? Aunque esta es la más aburrida de toooda la saga”. Sinceramente, no
me estaba ni enterando de la película, ni de lo que estaba pasando. Seguía
dándole vueltas al incidente de las palomitas. “Venga, vale”, respondí, casi
como un robot. La película seguía, aunque yo no paraba de mirar a mi amiga de
reojo. Nos íbamos rodeando más y más de botellas vacías y cada vez estábamos
más cerca el uno del otro. El cuenco de palomitas estaba ya vacío en el suelo y
cuando me quise dar cuenta, mis manos, de nuevo por su cuenta, empezaron a
acariciar las suyas. Mis dedos paseaban por los suyos, firmes pero tímidos a la
vez. No sabía qué podía atraerme tanto a acariciarla, pero no podía resistirme
y a ella tampoco parecía que le molestara. Mientras de fondo Anakin y Padmé
hablaban de lo mucho que odiaban la arena (¿Qué coj…?) volvimos a mirarnos de
nuevo, yo no sabría decir qué mirada tenía en ese momento, pero ella me miraba
como si esperara algo. Como si quisiera que me decidiera. “¿Qué? ¿Vas a ir a
por más palomitas?” preguntó con sorna. Pero esta vez no estaba dispuesto a
sentirme un gilipollas. No, esa era la noche que el “pagafantas” iba a morir,
así que me abalancé y la besé. Ella correspondió mi beso acariciándome la
mejilla, yo la agarré de la cintura, atrayéndola hacia mí. Poco a poco, lo que
era un inocente beso empezó a calentarse, a ir a más. Cuando me quise dar
cuenta, nuestras lenguas empezaron a enredarse, a chocar y jugar entre ellas,
mi lengua paseaba por su boca y la suya por la mía mientras nuestras manos
buscaban mutuamente nuestros cuerpos. La suya paseaba por mi pelo,
acariciándolo, dejando que sus manos se perdieran en él, recorriendo mi espalda
temblorosa. Las mías empezaban a acariciarle las piernas, los muslos, a
recorrer su cuerpo deseando explorar esa sensación que tantos años llevaba
deseando experimentar. Sin ni siquiera mediar palabra, nos fuimos directamente
a mi habitación, mientras Anakin seguía hablando de no sé qué mierdas de ser un
Jedi o… no sé… como comprenderéis dejé de atender a la película.
Nos
sentamos al borde de mi cama y seguimos besándonos apasionadamente. Comiéndonos
la boca como si fuera el fin del mundo. Fue un momento alucinante. Ella bajó su
mano hacia mi pantalón, desabrochándome para meter su mano por debajo y
acariciar mi sexo suavemente… ¿acariciar mi sexo? ¿Pero quién me creo que soy?
¿Pérez Reverte? Nunca entendí eso de “mi sexo”. ¡Suena como si hubiera
acariciado a mi gato o algo así! No, no acarició “mi sexo”. Hablemos claro. Metió
sus manos por debajo de mi ropa y empezó a acariciarme la polla, y yo empecé a
temblar… ¡vaya si comencé a temblar! Ella me miró. No sé qué cara estaría
poniendo, pero empezó a reírse. Me cortó un poco el rollo la verdad. “¿De qué
te ríes ahora?”, le dije. “Me encanta la cara que pones”, respondió, “Me haces
sentir tan deseada…”. ¡Cómo no la iba a desear! Llevaba años esperando este
momento. Su boca me sabía a gloria y ella, casi sin que me diera cuenta, había
conseguido quitarme los pantalones. Yo me eché sobre ella, disfrutando de su
boca. Estábamos los dos echados esta vez, el uno sobre el otro. Sentía su
cuerpo pegado al mío, yo me iba poniendo cada vez más cachondo, y ella
seguramente estaría notando pegado a su coño cómo el bulto se hacía cada vez
más grande. “No quiero que hagas nada. Sólo échate, y disfruta.” Llevaba tanto
deseando recorrer aquel cuerpo con mi boca. Irlo descubriendo poco a poco.
Empecé besándole el cuello, dándole pequeños mordiscos que se traducían en
pequeños gemidos que me invitaban a seguir con aquello. Sus hombros, que tantas
veces había observado estando detrás de ella y que con tantas ganas tenía de
besar estaban por fin a mi disposición. Le quité la blusa, y seguí bajando,
besando sus pechos, con los que tantísimo había soñado. Mientras la besaba, mis
manos pasaban por detrás de ella, tratando con mucha ansia de quitarle el
sostén. Después de un rato de forcejeo, ella cedió “Déjame, anda.”, reía, “No
sufras más”, y al fin se quitó el sostén para descubrir sus tetas. Eran tan
perfectas, que inmediatamente me las metí en la boca. Mi lengua empezó a jugar
con sus pezones, poniéndolos cada vez más y más duros. Los mordisqueé
suavemente, sacando de ella un pequeño gemido. “Muérdelos. No seas tímido”.
Disfruté de cada rincón de sus preciosos pechos, mientras disfrutaba de uno con
mi boca el otro lo recorría mi mano. Ella me cogía y me pegaba más contra ella pidiéndome
más, mientras me quitaba la camiseta. Pero yo aún quería más. Seguí bajando,
descubriendo partes de su cuerpo. Le quité toda la ropa que le quedaba sin
separar mi boca de su cuerpo. Besando su barriga, su pelvis, su pierna… hasta
que al fin pude adentrarme entre sus piernas. Mi lengua recorrió su coño de
arriba a abajo, de abajo a arriba, una y otra vez, jugueteando con su clítoris,
saboreando lo cachonda que estaba. Estaba tan mojada que a veces me costaba
respirar, pero me encantaba saborearla y sentirla así. Ella empezaba a gemir,
su cintura se elevaba involuntariamente mientras se lo comía y eso sólo hacía
que disfrutara más de aquel delicioso manjar. “Ven”, me dijo entre gemidos.
Obedecí, fui hacia ella, besándola con aún más pasión que antes, mientras ella
me dejaba completamente desnudo. Ya no había barreras. Nuestros cuerpos se
rozaban sin nada que lo impidiera. Sus tetas estaban pegadas a mi torso desnudo
y mi polla rozaba su coño, como si supieran por sí mismos lo que tenían que
hacer. “Fóllame”, me pidió. “Quiero que me folles ya”. “Todavía no. Quiero
disfrutarte un poco más”. Me puse junto a ella y mi mano empezó a recorrer poco
a poco lo que ya había recorrido con mi boca antes: su propia boca, el cuello,
los pechos, la barriga, los muslos… y también mi mano acabó escondiéndose en su
entrepierna. La yema de mis dedos acarició su coño suavemente, dejándolos
empapados. Ella se mordió el labio inferior, mientras empecé a juguetear con
sus pechos y ella empezó a gemir cada vez más fuerte. Mis dedos la acariciaban
suavemente, con cariño, mojándola tanto que llegó un momento que mis dedos prácticamente
entraban solos dentro de ella. Cuando el primero entró, los gemidos se
convirtieron en un pequeño grito flojo, que se hizo cada vez más fuerte según
la iba masturbando. Cada vez más fuerte según sus gemidos crecían en
intensidad. Miraba su cara de placer con deseo, sin dejar de besarla, morderle
el cuello o jugar con sus pechos. Cuando me quise dar cuenta, dio un último
grito de placer y dejó mi mano empapada. “No sabía que supieras hacer dedos tan
bien”, me dijo entre respiros entre cortados. “Deja que te enseñe qué se hacer
yo”. Sin mediar palabra, empezó a pajearme suavemente mientras mordisqueaba mi
cuello. Sabía que era un preludio de lo que estaba por venir. Poco a poco bajó
su cabeza hasta mi polla y empezó a metérsela en la boca y a lamerla mientras
me acariciaba los testículos. Consiguió que me excitara como hacía tiempo que
no me excitaba, y creo que ella misma podía notarlo en su boca. Sólo era
cuestión de tiempo para que volviera a mojarse y me volviera a pedir lo que
estaba ya deseando. Fue hacia su bolso, saco un condón, volvió a chupármela y
me lo puso. Se sentó sobre mí, cara a cara, mirándonos con un deseo infrenable
el uno por el otro. “Ya no acepto más excusas. Me vas a follar”. Cogió mi polla
y se dejó caer suavemente sobre ella. El placer de esa primera penetración
entre ambos recorría todo nuestros cuerpos. Ambos gemimos como sincronizados, fundiéndonos
en un beso que no quería que terminara, mientras ella se mecía suavemente
teniéndome dentro. Ella agarraba mi espalda con fuerza, arañándome al son de sus
gemidos. Yo agarré su culo, ayudándola a mecerse contra mí. Cada vez estaba más
dentro de ella, y nuestros gemidos se hacían cada vez más a menudo y más
fuerte. No podía creerme que estuviéramos ahí, follando, después de tantos años
suspirando por ella. La tiré sobre la cama y me puse sobre ella. Sin mediar
palabra, acaricié su coño con mi punta suavemente, sin meterla del todo. “¿Qué
estás haciendo?”, “Disfrutar de este momento”, “Métemela ya”. No necesitaba oír
más. Después de todo estaba tan a gusto dentro de ella. Ahora era ella la que
bajó sus manos de mi espalda a mi culo, empujándome contra ella. Empezamos a
gemir ahora más fuerte, más rápido, con más intensidad. Mis testículos chocaban
contra ella cada vez más fuerte, lo cual creo que le gustaba. Cuanto más gemía
ella más fuerte iba. La cama empezaba a moverse al ritmo de nuestros cuerpos.
Más rápido, más intenso. Me suplicaba que no parara, que siguiera, que el ritmo
siguiera in crecendo. Nos agarramos fuerte de las manos, nos besamos y entonces
los dos soltamos ese suspiro orgásmico final a la vez, como en las películas románticas
que habíamos visto tantos jueves anteriores. Fue probablemente el mejor orgasmo
que he tenido en mi vida. Caí rendido sobre ella, para inmediatamente después
recuperarme y besarla. Empezamos a alternar besos y risas. Tras muchos cariños,
besos arrumacos, y algún que otro polvo más acabamos durmiendo abrazados. Fue
la noche perfecta.
Cuando
desperté a la mañana siguiente ahí seguía ella, desnuda junto a mí, durmiendo
dulcemente. Sus brazos abrazaban el cojín y su cara de descanso me hacían
desear observarla toda la vida así, tan preciosa. Qué ganas de volver a
besarla. De repente sonó su móvil y la despertó. “¡Es mi ex! Tengo que
contestar.” Se levantó, se vistió rápidamente ante mi mirada atónita. “Oye… en
cuanto lo de anoche…”, “Ya…”, dije triste “Fue un error, ¿verdad?”, “No, no
quiero decir eso. Estuvo bien. Estuvo muy bien. Pero no quiero estropear
nuestra amistad. Lo entiendes, ¿no?”. “Sí… claro…” respondí con una falsa sonrisa.
“Vale. Hablamos para ver cuando quedamos, ¿vale?”. “Sí… sí… hablamos”. “¡Tío!
Pero no te quedas mal, ¿no? Es que… joder… me gustó mucho en serio, pero…”, “Que
no te preocupes, de verdad. Estoy bien. Ve a responder, anda”, “¿Seguro que
estás bien?”, “¡Que síiii! Anda, tonta, que ya ha colgado. Llámale.” Me dio las
gracias junto a un beso en la mejilla y se fue. Miré a mi alrededor y repasé la
noche tan mágica que habíamos pasado en aquel mismo sitio, que quedará grabada
en mi memoria para siempre, junto con la frase que sonaba en el salón mientras
le daba mi primer beso: “Odio la arena, es tosca, áspera, irritante y se mete
por doquier.”
viernes, 3 de agosto de 2018
Cicatrices
Agosto. Ese mes maldito para mí. Hoy hace ya cinco años del peor agosto de mi vida. Aquella llamada de teléfono, aquella voz alejada de mí, ya no sólo por la distancia real, sino en espíritu. Aquella voz entrecortada que no se atrevía a decirme por segunda vez lo que me temía que iba a escuchar por segunda vez: "No vuelvas a llamarme cariño" y desde luego la frase que cambio mi vida y mi forma de ver a la humanidad para siempre: "Te he sido infiel". El tiempo se detuvo, y lo que sentí, creo que fue más o menos algo parecido a esto...
Todo esto en 2013. Estamos en 2018 y a veces aún sigo pagando las consecuencias de aquello. ¿Cómo no pagarlas? Si alguien a quien te has dedicado años a hacer feliz te hace esto, alguien por quien has luchado, la persona más importante del mundo para ti... ¿qué esperar de los demás? Sí, creo que mi personalidad cambió bastante de aquello. Siempre fui tímido, pero desde entonces, soy tímido y desconfiado.
Lo que más me jode es que más o menos lo tenía superado ya. Estuve como meses sin pensar en todo este tema. Meses. Lo sé, ya era hora, pero para mí era un record. Un record muy importante. Pero de repente, como diría Rajoy, "pasan cosas" y todo vuelve otra vez. De repente, estoy cinco años después, un viernes por la noche solo en mi casa, mirando al techo y pensando en todo lo que he hecho para bien y para mal estos años y me he dado cuenta de varias cosas.
Esto es algo que me ha dejado cicatriz de por vida. Y una de esas cicatrices que no se cierran nunca del todo. ¿Sabes? Como... no sé, una herida de guerra... o alguna de borrachera de alguna persona que conozco. Sea como sea, las cicatrices nacen, por lo general, de un error, y esta desde luego nació del mayor error que, sin duda, cometí en la vida: darle una segunda oportunidad a una persona. Los que me conocen de unos años para acá lo saben: no doy segundas oportunidades a la gente (ya no). Bueno, pues aquí tenéis el por qué. Una vez que alguien me decepciona no me recupera. Por desgracia, creo que aprendí a las malas que la gente no cambia y que una vez que alguien te apuñala lo puede volver a hacer tarde o temprano.
Tampoco me puedo quejar de cómo me han ido las cosas en otros campos de la vida. He seguido luchando por lo que me gusta, por hacer feliz a la gente (irónico, ¿verdad? A veces parece que soy incapaz de hacerme feliz a mí mismo...). Y bueno, he seguido escribiendo, enseñando, monologueando, doblando, he codirigido un cortometraje, y tengo un par de proyectos por ahí de los que no puedo hablar pero que parece que seguirán adelante (cruzo los dedos). Yo creo que esas cosas son las que realmente me han mantenido vivo y, sobretodo, con ganas de vivir. Haber conocido gente como los... ¿dos? ¿Tres? compañeros de Zamora con los que pude jugar a mi juego favorito: contar historias. O como mis compañeros y alumnos en La Escuela de Mila... aún recuerdo aquella conversación con Mila después de una cagada que tuve en los primeros meses de trabajo debido al estrés de... bueno, de todo. Me acuerdo que estaba temblando y apunto de llorar, me preguntó que qué me pasaba y yo dije que sabía que me iba a despedir. Me preguntó si pensaba que no merecía una segunda oportunidad y le respondí "Yo no me la daría". Su respuesta fue concisa, ella cree en la gente y decidió dármela. Al final, fue la mejor relación laboral que tuve en toda mi vida. Madre mia, qué suerte más grande he tenido de encontrarme con esa gente y ese lugar. O gente como los de Cuatro Gotes, que son tan cotillas que es probable que lean esto en algún momento, ¡hola, chicos! ¡Os pillé! En ese sentido, creo que las cosas me han ido bastante bien.
Pero en otros campos, digamos más íntimos la suerte me ha sido tan jodidamente esquiva. ¡Y tampoco es que vaya tirándome por las calles gritando "necesito tener pareja, por Dios, cómo me gustaría tener novia"! No. Joder, lo he dicho muchas veces. Ser soltero es genial. Tus planes son para ti, tu tiempo es para ti, TU DINERO es para ti, tienes tus... bueno... tus noches de "pues... ala... a descargar...". Pero a veces... no sé... a veces me gustaría "descargar" con alguien con quien quisiera quedarme después en la cama. Y no es que no me haya vuelto a fijar en nadie. No me he enamorado (ni ganas), pero no sé... la próxima vez que tenga algo, quiero que sea poco a poco. Y he tenido cuelgues. Cuelgues fuertes. Pero cuelgues que luego resultan en nada. Cuelgues de ver a alguien con quien te sientes a gusto mirar hacia otra persona, hacia otro lugar, o directamente ignorarte y tener que joderme, tragarme mis sentimientos, guardarlos en la caja y joderme. Y encima, no poder compartirlos con nadie, porque incluso si lo hago siempre hay algún "te lo dije" o "es que no era para ti" que es lo último que necesito oir. Y joder... llegas a pensar... ¿pero tan malo soy? ¿Tan horrible soy? No pido casarme ya, no pido una relación de planear un futuro... pido ser correspondido de una jodida vez. Parece que siempre que tengo un cuelgue, por muy en los labios que me lo pongan, pasa algo (o mejor dicho, alguien) que me lo impide. El último que tuve estuve cerquísima de decirle algo, pero de repente pensé en... bueno... en hace cinco años. La miré, guapísima, sonriendo. No sé ni de qué estábamos hablando. Sé que de alguna parida. Pensé en los momentos con aquella chica, la de hace cinco años, y en cómo me demostró que cualquier persona, por en las nubes que te haga sentir en un momento, puede hacerte sentir la persona más miserable del mundo en segundos. No le dije nada a mi cuelgue. Lo dejé pasar. No quería que me hiciera daño. Después de eso, hace no mucho (dos semanas o así) me enteré de que empezó con alguien. ¡Auch! Duele. Supongo que es para bien al fin y al cabo, pero... joder... ¿y yo cuándo?
En fin... y eso es todo lo que me está pasando por la cabeza este día tan jodido para mí. Me gustaría de verdad conocer a alguien, reírme, jugar, pasarlo bien... sin más. Pero voy con tan poca prisa que siempre se me adelantan por la derecha. Joder, ¡y los hay que van a una velocidad de la hostia!
Y sí, lo siento. Lo siento mucho. Han pasado cinco putos años, debería tener esta puerta más que cerrada, pero... con estas cosas que me van pasando tan recientes y el jodido hecho de que, al fin y al cabo, esta muchacha, por mal que acabaran las cosas, fue la única que hizo que me sintiera querido y especial... Por otro lado, tampoco parezco haber sido lo suficientemente querido ni especial como para un simple y llano "Te he hecho trizas el corazón, no vas a volver a confiar en la gente como antes por mi culpa. LO SIENTO". Son dos palabras. No has tenido nunca las malditas pelotas de decírmelo. ¡¡¡Nunca!!! Y tengo la sensación de que esta cicatriz es tan grande, que ya puedo tener al amor de mi vida delante de mis jodidas narices pidiéndome que la haga feliz, que sólo pensaré en lo duro que es entregarte a alguien para que te apuñalen por la espalda. Porque por culpa de esta cicatriz, a la amistad no le doy nunca una segunda oportunidad. ¿Al amor? (o... rollo... lío... lo que sea...) Al amor ni una. Quizás le tenía que haber dicho algo a esa muchacha (repito, no era amor, era más bien cuelgue), o quizás hice bien en dejarlo así. No lo sé. Creo que prefiero ser el divertido perdedor pagafantas (Dios, me encanta esa palabra, de lo mejor que aprendí en Zamora) a lo que era en estos momentos hace cinco años.
Creeme, ojalá no siguiera pensando en ti. Y durante mucho tiempo lo había conseguido. Pero me pasa como a este hamster en 0:46
sábado, 14 de julio de 2018
De tres en tres, ¿estás dentro o estás fuera?
Cuando empiezas a jugar al baloncesto, o al menos cuando te asomas por ahí, aunque sea para jugar un partido de street ball, la pregunta siempre es: ¿interior o exterior? La diferencia era bastante clara: el interior es el alto mazacote al que le pasabas el balón debajo de la canasta para que machacara el aro, y el exterior es el que sube el balón y mete un triplazo en el último segundo que da la victoria al equipo (vale, quizás lo esté adornando un poco, pero ya sabéis por dónde voy). Eso sí, una de las muchísimas cosas que hacen grande a un deporte tan espectacular como es el baloncesto, es que evoluciona continuamente. Durante los últimos diez años o así, esto ha cambiado bastante. Los jugadores interiores han tenido que desarollar más velocidad y acierto en el tiro exterior, alguno incluso hasta tirando de tres (algo impensable hasta hace no mucho), lo cual ha hecho que los exteriores hayan tenido que ser aún más rápidos de lo que eran antes, haciendo de un partido de baloncesto algo increíblemente vertiginoso. No hay más que comparar bases como Calderón o Prigioni, grandes bases con un gran juego y un gran físico que organizaban el juego como nadie pero cuyo juego no era ni remotamente tan rápido como lo es de de bases que hoy están en su máximo explendor como Ricky Rubio o Sergio Rodríguez, que tienen un "plus" en su velocidad a la hora de organizar (por no hablar ya de bases como un tal Stephen Curry, que es ya otro nivel casi extraterrestre).
Pero en toda esta distinción entre interiores (pívots y ala pívots) y exteriores (bases y escoltas) a mí personalmente siempre me quedó la duda... ¿y los aleros? No parecen tener una definición en lo más básico de elegir entre dentro y fuera. Se quedan a medias entre ser un 4 y 2. Así que quizás no sean ten importantes, ¿no? Bueno...
Creo que las fotos responden la pregunta, ¿no? El posición de alero no puede ser tan prescindible si tales nombres han ocupado esa posición. Y tened en cuenta que esto son sólo cuatro ejemplos, hay muuuuchos más nombres importantísimos que han jugador de tres.
Vale, bien, entonces, ¿qué es un alero?
Personalmente, siempre he visto al alero como una especie de "nexo" entre el juego interior y el exterior. Al fin y al cabo, mucho aleros pueden jugar además de 4 o de 2. Pero el caso es que he llegado a la conclusión de que son nexo además, en todos los sentidos de la palabra. ¿Sabéis qué me he fijado que tienen en común muchos de los grandes aleros de la historia? Todos son grandes líderes. Y no me refiero a que metan 40 puntos por partido, me refiero a que, según han dicho en entrevistas compañeros de equipo de los jugadorazos que habéis visto en las fotos, todos ellos han sabido ser buenos compañeros dentro y fuera de la cancha y han hecho (o al menos han intentado) hacer creer a su equipo que la victoria es posible en cualquier circunstancia. Para mí, en ningún caso esto se hace más evidente que comparando a estos otros dos aleros:
A la izquierda, Scottie Pippen, ganador de seis anillos de la NBA con los Bulls. A la derecha, Carmelo Anthony... hunde todo lo que toca.
¿Pero por qué? Su estilo de un juego no es muy distinto, ¿no? Muy buen tiro exterior, buenos movimientos en la pintura, físicos, agresivos... ¿qué tuvo Scottie Pippen que no tuviera Carmelo? Bueno, estoy seguro que la mayoría dirán "¡Jugó junto a Michael Jordan!". Y sí, no lo voy a negar, jugar al lado de un señor que parece que sepa volar te da una ligera ventaja en esto del baloncesto, y Pippen supo ser un gran aliado del mejor jugador de baloncesto de todos los tiemp... ¡un momento! Supo ser un gran aliado... ¿a que va a ser esa la diferencia?
Anthony ha tenido equipos enteros construidos a su alrededor, pero nunca ha permitido tener cerca a alguien que le hiciera la más mínima sombra. Para muestra siempre tendré esta jugada en mente: ¿habíais visto a alguna vez a alguien más decepcionado por ganar un partido en el último segundo?
Ni siquiera lo celebra. Se queda parado como diciendo ¡ése era mi tiro! Y varios testimonios de compañeros y excompañeros del jugador parecen indicar que, efectivamente, no es un buen jugador de equipo.
Scottie, a pesar de su grandísimo talento, siempre supo aceptar ese rol de escudero.
Al fin y al cabo, un alero es eso: un pegamento. ¡Cuánto necesitamos durante años de un buen alero en la selección española cuando se fue Jiménez! Incluso en nuestros mejores años, esa posición nos faltó.
Por eso el alero es una pieza tan fundamental a la hora de construir un equipo de baloncesto, ya sea desde las sombras, como en el caso de Scottie o siendo la gran referencia, como en los jugadores mencionados antes, el alero resulta ser, al final, una unión indispensable entre dentro y fuera. El puente que hace que todo fluya.
Pero en toda esta distinción entre interiores (pívots y ala pívots) y exteriores (bases y escoltas) a mí personalmente siempre me quedó la duda... ¿y los aleros? No parecen tener una definición en lo más básico de elegir entre dentro y fuera. Se quedan a medias entre ser un 4 y 2. Así que quizás no sean ten importantes, ¿no? Bueno...
Creo que las fotos responden la pregunta, ¿no? El posición de alero no puede ser tan prescindible si tales nombres han ocupado esa posición. Y tened en cuenta que esto son sólo cuatro ejemplos, hay muuuuchos más nombres importantísimos que han jugador de tres.
Vale, bien, entonces, ¿qué es un alero?
Personalmente, siempre he visto al alero como una especie de "nexo" entre el juego interior y el exterior. Al fin y al cabo, mucho aleros pueden jugar además de 4 o de 2. Pero el caso es que he llegado a la conclusión de que son nexo además, en todos los sentidos de la palabra. ¿Sabéis qué me he fijado que tienen en común muchos de los grandes aleros de la historia? Todos son grandes líderes. Y no me refiero a que metan 40 puntos por partido, me refiero a que, según han dicho en entrevistas compañeros de equipo de los jugadorazos que habéis visto en las fotos, todos ellos han sabido ser buenos compañeros dentro y fuera de la cancha y han hecho (o al menos han intentado) hacer creer a su equipo que la victoria es posible en cualquier circunstancia. Para mí, en ningún caso esto se hace más evidente que comparando a estos otros dos aleros:
A la izquierda, Scottie Pippen, ganador de seis anillos de la NBA con los Bulls. A la derecha, Carmelo Anthony... hunde todo lo que toca.
¿Pero por qué? Su estilo de un juego no es muy distinto, ¿no? Muy buen tiro exterior, buenos movimientos en la pintura, físicos, agresivos... ¿qué tuvo Scottie Pippen que no tuviera Carmelo? Bueno, estoy seguro que la mayoría dirán "¡Jugó junto a Michael Jordan!". Y sí, no lo voy a negar, jugar al lado de un señor que parece que sepa volar te da una ligera ventaja en esto del baloncesto, y Pippen supo ser un gran aliado del mejor jugador de baloncesto de todos los tiemp... ¡un momento! Supo ser un gran aliado... ¿a que va a ser esa la diferencia?
Anthony ha tenido equipos enteros construidos a su alrededor, pero nunca ha permitido tener cerca a alguien que le hiciera la más mínima sombra. Para muestra siempre tendré esta jugada en mente: ¿habíais visto a alguna vez a alguien más decepcionado por ganar un partido en el último segundo?
Scottie, a pesar de su grandísimo talento, siempre supo aceptar ese rol de escudero.
Al fin y al cabo, un alero es eso: un pegamento. ¡Cuánto necesitamos durante años de un buen alero en la selección española cuando se fue Jiménez! Incluso en nuestros mejores años, esa posición nos faltó.
Por eso el alero es una pieza tan fundamental a la hora de construir un equipo de baloncesto, ya sea desde las sombras, como en el caso de Scottie o siendo la gran referencia, como en los jugadores mencionados antes, el alero resulta ser, al final, una unión indispensable entre dentro y fuera. El puente que hace que todo fluya.
martes, 5 de junio de 2018
Inseparables
"Somos como uña y carne". Supongo que todos hemos dicho eso de alguien alguna vez, ¿no? Ya sea con una pareja o con un amigo, todos hemos sentido con alguien que es imposible que nada ni nadie nos vaya a separar. Y no hablo de amor (o al menos no sólo de amor) sino también de amistad. Todos hemos tenido aquel compañero o compañera de pupitre de quien nunca nos separaríamos, todos hemos tenido aquel colega de trabajo con quien tomarnos unas cervezas después de la jornada, todos hemos tenido, sí, esa pareja que parecía la definitiva. Pero pasa el tiempo, la vida se abre camino, como dicen en Parque Jurásico, y te das cuenta que, efectivamente, eso de "amigos para siempre" (lailo lailo lailo lá) es más peliculero que los clones de dinosaurio.
No sabría deciros por qué (bueno, sí sé, pero no quiero jaja), pero hoy me ha dado por pensar en todas esas personas de las que pensé que nunca me separaría, aun habiendo viajado por tantos sitios. Siempre te dicen que la amistad es como una planta, que si la riegas todos los días, consigues una bonita y para toda la vida. Para mí al menos, las amistades, por muy fuertes que hayan sido (o al menos que yo las haya sentido) son más bien como la fruta: tarde o temprano se caduca.
Me acerco a la treintena y pienso con tristeza en todas esas amistades que he tenido y que, muchas veces sin quererlo, simplemente porque sí, se acaban desvaneciendo. Algunas, de estar años sin hablarse y, aunque la eches de menos... tampoco vas a intentar llamar o hablar como si nada ¿no? ¡No voy a quedar como un psicópata! Todos cambiamos. Todos... ¿maduramos? ¡Veis! Como la fruta...
Aunque el hombre es un animal social por naturaleza, la vida me ha ido enseñando duramente que eso de que "nada es para siempre" es jodidamente verdad. Piensas en ese colega que los 17 años le decías aquello de "¡¡Inseparables!!", en aquel "Love Forever" que escribiste en la esquina de la libreta de los apuntes de la facul, en aquella charla tan profunda que tuviste con tu colega de borrachera que pensaste que os uniría para siempre... y de repente, ves que ninguna de esas personas están. Y que aunque vuelvan y te mueras de ganas de decirles lo mucho que has pensado en ellos, lo mucho que los echas de menos, y lo mucho que te gustaría repetir aquellas largas horas de charlas por teléfono, hablando de todo y de nada pues... hombre, pues no lo vas a hacer. Primero porque tienes casi 30 años y eso eran cosas de adolescente... y segundo, porque, seamos sinceros. Todos se mueven hacia delante. Aquella compañera de la facultad que te dejaba los apuntes, aquel tío en tu primer curro con el que hablabas mal del jefe, el camarero de tu antiguo bar favorito, que sabía qué ibas a pedir sin que dijeras nada, sólo con mirarte la cara... ya no se acuerdan de ti. Ni un ápice. Así que supongo que lo mejor es que no pienses en ellos y mires hacia delante. La vida se abre camino. Esa es la teoría del caos.
No sabría deciros por qué (bueno, sí sé, pero no quiero jaja), pero hoy me ha dado por pensar en todas esas personas de las que pensé que nunca me separaría, aun habiendo viajado por tantos sitios. Siempre te dicen que la amistad es como una planta, que si la riegas todos los días, consigues una bonita y para toda la vida. Para mí al menos, las amistades, por muy fuertes que hayan sido (o al menos que yo las haya sentido) son más bien como la fruta: tarde o temprano se caduca.
Me acerco a la treintena y pienso con tristeza en todas esas amistades que he tenido y que, muchas veces sin quererlo, simplemente porque sí, se acaban desvaneciendo. Algunas, de estar años sin hablarse y, aunque la eches de menos... tampoco vas a intentar llamar o hablar como si nada ¿no? ¡No voy a quedar como un psicópata! Todos cambiamos. Todos... ¿maduramos? ¡Veis! Como la fruta...
Aunque el hombre es un animal social por naturaleza, la vida me ha ido enseñando duramente que eso de que "nada es para siempre" es jodidamente verdad. Piensas en ese colega que los 17 años le decías aquello de "¡¡Inseparables!!", en aquel "Love Forever" que escribiste en la esquina de la libreta de los apuntes de la facul, en aquella charla tan profunda que tuviste con tu colega de borrachera que pensaste que os uniría para siempre... y de repente, ves que ninguna de esas personas están. Y que aunque vuelvan y te mueras de ganas de decirles lo mucho que has pensado en ellos, lo mucho que los echas de menos, y lo mucho que te gustaría repetir aquellas largas horas de charlas por teléfono, hablando de todo y de nada pues... hombre, pues no lo vas a hacer. Primero porque tienes casi 30 años y eso eran cosas de adolescente... y segundo, porque, seamos sinceros. Todos se mueven hacia delante. Aquella compañera de la facultad que te dejaba los apuntes, aquel tío en tu primer curro con el que hablabas mal del jefe, el camarero de tu antiguo bar favorito, que sabía qué ibas a pedir sin que dijeras nada, sólo con mirarte la cara... ya no se acuerdan de ti. Ni un ápice. Así que supongo que lo mejor es que no pienses en ellos y mires hacia delante. La vida se abre camino. Esa es la teoría del caos.
lunes, 19 de febrero de 2018
Y así me hice padre soltero
Pocas cosas más emocionantes le pueden pasar a un hombre en su vida que la de hacerse padre. La semana pasada pasé por esa experiencia al conocer, al fin, al primer hijo al que conseguí traer a la vida. Ese hijo era Adan, aka, Warden Skill, magistralmente interpretado por el actor Isaac Mateos.
Creo que no hay mejor día que mi cumpleaños para contar lo que ha sido esta experiencia de escribir, preparar y rodar una historia tan loca como la de este personaje y su compañera LaJessicaBond. Desde que nací inventaba historias locas y absurdas. Recuerdo devorar tebeos de Mortadelo y Filemón en plan de uno al día, escribir mis propios cuentos sobre agentes secretos y superhéroes, muchos de ellos guardados en algún lugar en casa de mi madre... creo que era cuestión de tiempo que una de estas historias acabara siendo lo que es The maybe wars.
Nunca le estaré lo suficientemente agradecido a Dios, a la vida, a la suerte, al cielo, a las estrellas, o a lo que haya, si es que hay algo, de haberme topado con David Lorenzo y con Óscar Gómez, creadores de la otra protagonista del corto, LaJessicaBond. Si Warden Skill es Mortadelo, LaJessicaBond es Filemón, ¡y qué Filemón! María Elena Núñez, arquera, manejadora de armas, conocedora de defensa personal, una voz angelical y fan de los unicornios... en definitiva, no encontramos una actriz que encarnara a LaJessicaBond, encontramos a LaJessicaBond.
Como hemos contado miles de veces, estos dos personajes nacieron por separado, pero en cuanto David, Óscar y yo leímos nuestros respectivos guiones no tuvimos la menor duda: estos personajes se merecen estar juntos. Óscar finalmente no pudo trabajar con nosotros en el proyecto conjunto. Por un lado nos dio mucha pena, al fin y al cabo es el papá de LaJessicaBond, pero por otro lado nos alegramos por él y su proyecto de La Webcam, que tiene muy buena pinta y con el que me consta que ha trabajado con mucho cariño. Aún así, estad atentos cuando se estrene, porque, cual Stan Lee en Marvel, nuestro buen amigo Óscar hará su cameito junto a su hija.
Sinceramente, nunca pensé que podría llegar a encontrar gente como estos dos, con el mismo nivel de locura que yo y con las mismas ganas de hacer de la locura algo con lo que contar una historia. David y yo, con la semilla que también plantó Óscar, conseguimos crear lo que llevo soñando desde que soy niño, una historia que los propios actores han descrito como "divertida, loca y que te hace olvidarte de tus problemas". Como escritor de comedia, es el mayor piropo que podían echarnos tanto a mí como a David.
El rodaje en sí, no vamos a decir que fue fácil. Teníamos los días contados y muchos problemas en los que meter a esta especie de pareja de hecho. Aquí fue donde vi el sentido de decir que, efectivamente, éramos los padres de estas criaturas. Desde decirles cómo caminar por la vida, hasta algún que otro "deja el móvil, estate quieto", hasta incluso lo que más le puede costar a un padre, saber cuándo el hijo puede volar por sí solo, es decir, dejarles improvisar, sin dejar de estar encima de ellos y cuidandolo todo para que sean... ¿felices? O no.... No voy a hacer spoiler.
Una semana dura pero sin dejar de disfrutar el hecho de que estaba haciendo lo que me gusta, que mis hijos pasasen por la vida disfrutando ellos y haciendo disfrutar a los demás. Esa es la esencia de la comedia, esa es la esencia de Warden Skill, esa es la esencia de LaJessicaBond, esa es la esencia del corto y esa es la esencia de mi vida. Estamos deseando acabar la postproducción y haceros a todos tan felices como hemos sido nosotros rodando y escribiendo nuestras locuras.
Creo que no hay mejor día que mi cumpleaños para contar lo que ha sido esta experiencia de escribir, preparar y rodar una historia tan loca como la de este personaje y su compañera LaJessicaBond. Desde que nací inventaba historias locas y absurdas. Recuerdo devorar tebeos de Mortadelo y Filemón en plan de uno al día, escribir mis propios cuentos sobre agentes secretos y superhéroes, muchos de ellos guardados en algún lugar en casa de mi madre... creo que era cuestión de tiempo que una de estas historias acabara siendo lo que es The maybe wars.
Nunca le estaré lo suficientemente agradecido a Dios, a la vida, a la suerte, al cielo, a las estrellas, o a lo que haya, si es que hay algo, de haberme topado con David Lorenzo y con Óscar Gómez, creadores de la otra protagonista del corto, LaJessicaBond. Si Warden Skill es Mortadelo, LaJessicaBond es Filemón, ¡y qué Filemón! María Elena Núñez, arquera, manejadora de armas, conocedora de defensa personal, una voz angelical y fan de los unicornios... en definitiva, no encontramos una actriz que encarnara a LaJessicaBond, encontramos a LaJessicaBond.
Como hemos contado miles de veces, estos dos personajes nacieron por separado, pero en cuanto David, Óscar y yo leímos nuestros respectivos guiones no tuvimos la menor duda: estos personajes se merecen estar juntos. Óscar finalmente no pudo trabajar con nosotros en el proyecto conjunto. Por un lado nos dio mucha pena, al fin y al cabo es el papá de LaJessicaBond, pero por otro lado nos alegramos por él y su proyecto de La Webcam, que tiene muy buena pinta y con el que me consta que ha trabajado con mucho cariño. Aún así, estad atentos cuando se estrene, porque, cual Stan Lee en Marvel, nuestro buen amigo Óscar hará su cameito junto a su hija.
Sinceramente, nunca pensé que podría llegar a encontrar gente como estos dos, con el mismo nivel de locura que yo y con las mismas ganas de hacer de la locura algo con lo que contar una historia. David y yo, con la semilla que también plantó Óscar, conseguimos crear lo que llevo soñando desde que soy niño, una historia que los propios actores han descrito como "divertida, loca y que te hace olvidarte de tus problemas". Como escritor de comedia, es el mayor piropo que podían echarnos tanto a mí como a David.
El rodaje en sí, no vamos a decir que fue fácil. Teníamos los días contados y muchos problemas en los que meter a esta especie de pareja de hecho. Aquí fue donde vi el sentido de decir que, efectivamente, éramos los padres de estas criaturas. Desde decirles cómo caminar por la vida, hasta algún que otro "deja el móvil, estate quieto", hasta incluso lo que más le puede costar a un padre, saber cuándo el hijo puede volar por sí solo, es decir, dejarles improvisar, sin dejar de estar encima de ellos y cuidandolo todo para que sean... ¿felices? O no.... No voy a hacer spoiler.
Una semana dura pero sin dejar de disfrutar el hecho de que estaba haciendo lo que me gusta, que mis hijos pasasen por la vida disfrutando ellos y haciendo disfrutar a los demás. Esa es la esencia de la comedia, esa es la esencia de Warden Skill, esa es la esencia de LaJessicaBond, esa es la esencia del corto y esa es la esencia de mi vida. Estamos deseando acabar la postproducción y haceros a todos tan felices como hemos sido nosotros rodando y escribiendo nuestras locuras.
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