"Somos como uña y carne". Supongo que todos hemos dicho eso de alguien alguna vez, ¿no? Ya sea con una pareja o con un amigo, todos hemos sentido con alguien que es imposible que nada ni nadie nos vaya a separar. Y no hablo de amor (o al menos no sólo de amor) sino también de amistad. Todos hemos tenido aquel compañero o compañera de pupitre de quien nunca nos separaríamos, todos hemos tenido aquel colega de trabajo con quien tomarnos unas cervezas después de la jornada, todos hemos tenido, sí, esa pareja que parecía la definitiva. Pero pasa el tiempo, la vida se abre camino, como dicen en Parque Jurásico, y te das cuenta que, efectivamente, eso de "amigos para siempre" (lailo lailo lailo lá) es más peliculero que los clones de dinosaurio.
No sabría deciros por qué (bueno, sí sé, pero no quiero jaja), pero hoy me ha dado por pensar en todas esas personas de las que pensé que nunca me separaría, aun habiendo viajado por tantos sitios. Siempre te dicen que la amistad es como una planta, que si la riegas todos los días, consigues una bonita y para toda la vida. Para mí al menos, las amistades, por muy fuertes que hayan sido (o al menos que yo las haya sentido) son más bien como la fruta: tarde o temprano se caduca.
Me acerco a la treintena y pienso con tristeza en todas esas amistades que he tenido y que, muchas veces sin quererlo, simplemente porque sí, se acaban desvaneciendo. Algunas, de estar años sin hablarse y, aunque la eches de menos... tampoco vas a intentar llamar o hablar como si nada ¿no? ¡No voy a quedar como un psicópata! Todos cambiamos. Todos... ¿maduramos? ¡Veis! Como la fruta...
Aunque el hombre es un animal social por naturaleza, la vida me ha ido enseñando duramente que eso de que "nada es para siempre" es jodidamente verdad. Piensas en ese colega que los 17 años le decías aquello de "¡¡Inseparables!!", en aquel "Love Forever" que escribiste en la esquina de la libreta de los apuntes de la facul, en aquella charla tan profunda que tuviste con tu colega de borrachera que pensaste que os uniría para siempre... y de repente, ves que ninguna de esas personas están. Y que aunque vuelvan y te mueras de ganas de decirles lo mucho que has pensado en ellos, lo mucho que los echas de menos, y lo mucho que te gustaría repetir aquellas largas horas de charlas por teléfono, hablando de todo y de nada pues... hombre, pues no lo vas a hacer. Primero porque tienes casi 30 años y eso eran cosas de adolescente... y segundo, porque, seamos sinceros. Todos se mueven hacia delante. Aquella compañera de la facultad que te dejaba los apuntes, aquel tío en tu primer curro con el que hablabas mal del jefe, el camarero de tu antiguo bar favorito, que sabía qué ibas a pedir sin que dijeras nada, sólo con mirarte la cara... ya no se acuerdan de ti. Ni un ápice. Así que supongo que lo mejor es que no pienses en ellos y mires hacia delante. La vida se abre camino. Esa es la teoría del caos.