Hace tiempo que tenía ganas de escribir sobre la depresión, al menos cómo la estoy viviendo yo. No quiero hablar como experto, ni como héroe, ni como mártir. Sólo como persona que ha pasado esa enfermedad que, supongo, la gran mayoría de gente ha pasado sin saberlo. Reconozco que la idea de escribir sobre esto se me quitó de la cabeza las últimas dos semanas o así. A pesar de "mis mierda" me sentía mucho mejor, y tenía (o parecía que tenía) una actitud diferente hacia la vida. Pero esta semana, semana y algo he vuelto a sentirme "embajonado" y esta mañana me he vuelto a despertar con esa sensación que creía olvidada y superada, y creo que no es mal momento para escribir sobre ello. De nuevo, no porque piense que soy un mártir, un héroe, ni vaya a inspirar ni ayudar a nadie, sino porque siento la necesidad de hacerlo, sin más.
miércoles, 7 de diciembre de 2022
¿Ser o no ser? He aquí la cuestión de la depresión
Y es que para muchos, la persona depresiva es sólo ese tipo de persona que va por las esquinas llorando, no quiere salir, está siempre triste y se quiere suicidar. Repito (creo que lo voy a repetir mil veces esta entrada, pero quiero dejarlo super claro, porque este tema es muy serio y sensible) que no soy ningún experto, pero supongo que sí que habrá un tipo de perfil depresivo que cumpla esas condiciones. Mi caso personal es diferente. En este caso siempre me he sentido muy identificado con Hamlet, el inmortal personaje de Shakespeare. Os pongo en contexto: me acuerdo perfectamente de cuándo leí Hamlet por primera vez en la facultad. Como todos cuando lo cogemos por primera vez, nos esperamos una versión más adulta de El rey león (anda que no han dado la turra estos veinticinco años con que esa peli es una adaptación de la obra del británico). Todos empezamos a leer con una idea preconcebida, y más o menos conociendo qué es lo que iba a pasar. Pero a la hora de analizar, nuestros profesor de Shakespeare (sí, teníamos una asignatura sólo de Shakespeare, y fue de las que más disfruté en la carrera) nos pidió algo que me cambió la visión a la hora de ver esa obra y cualquier otra (también audiovisual): "Leerlo como si no supierais qué va a pasar, analizad la historia con ojos vírgenes". Las capas de aquella obra presentaba, con aquella nueva visión, me resultaron increíbles. No voy a dar el coñazo con esto, porque no es de lo que quiero hablar, pero sí había una cosa que hizo que viera al príncipe de Dinamarca de forma muy diferente para siempre. Al principio de la obra, Claudio se presenta como un buen rey, sabio, amable y bondadoso que incluso ofrece a Hamlet su hombro, apoyo y ayuda después de haber perdido a su padre. Un buen tío, vamos. Siempre saludaba. De repente, Hamlet se entera a través del fantasma de su padre (que por cierto, como curiosidad, hay quien dice que fue el propio Shakespeare el que interpretó al fantasma en las primeras representaciones de la época) que aquella amabilidad es sólo una fachada. Y Hamlet empieza a "volverse loco". A sospechar de todo el mundo. Si Claudio había sido capaz de engañar con su bondad a tanta gente, cualquier podría. ¿Realmente le quería Ofelia, su novia? ¿Realmente le quería su madre? ¿Si quiera se querían sus padres? ¿La gente que le rodeaba estaba a gusto de verdad con él? Todas esas "paranoias" le acaban volviendo literalmente loco. ¿Vale la pena vivir en un mundo que no es de verdad? ¿Me mato o no? ¿Ser o no ser? Pues esa paranoia de lo que se pueda decir a mis espaldas, es un tormento muy grande, una losa absurda que cuanto más conozco al ser humano más me cuesta aceptar. ¿Cuántos "No pasa nada" que me han dicho han sido sinceros? ¿Cuántas disculpas han sido de verdad? Seguro que os ha pasado mil veces, estar con alguien y oirle decir "No te preocupes, si necesitas ayuda, aquí estoy. No hace falta que te disculpes. Venga, llámame sin problema" y en cuanto ese tercero/a se aleja, oir "Joder, qué pesado. No le aguanto.". Para mí, vivir esa situación es como cuando a Hamlet se le aparece el fantasma de su padre, si supuestamente no aguantas a esta persona con la que has sido superamable hace unos minutos... ¿cómo puedo confiar en la amabilidad que me has podido mostrar alguna vez? ¿Cómo me puedo asegurar que no me haces lo mismo a mí? No puedo. Tengo que vivir con ello. Con esa duda. De repente, detrás de cada detalle, ves una especie de "complot", de señalamiento, de burla, o incluso de evitarte lo más posible, como ese ser repugnante que no sabes si te consideran. Ser o no ser, he ahí la cuestión. ¿Cuál es la más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darlas fin con atrevida resistencia?
Ese miedo a esas voces que en tu cabeza se oyen a tus espaldas, hace que una "vocecita" (dicho en un sentido metafórico, que lo contrario ya rayaría la esquizofrenia), "justifica" esas críticas e incluso se las adelanta: "¿Cómo no van a hablar mal de ti, si eres tonto? ¿Cómo no se van a reír de ti si eres gordo? ¿Cómo no van a querer tenerte lejos si no haces nada bien? ¿Pero tú te has visto bien? ¿Quién va a querer estar contigo toda la vida sino te soporta nadie ni cinco minutos?". El cerebro se ha entrenado (lo has entrenado, más bien, casi sin querer) para adelantarse a esas críticas que vienen de fuera, porque, ingenuamente piensas, que así te harán menos daño. Pero no. Las voces de otros no las puedes callar (sean de verdad o no), y encima, tienes unas voces dentro que te machacan aún más. Es extraño y difícil de explicar, porque tan pronto sientes como que eres una mierda que no has hecho más que decepcionar a todo el mundo que te rodea (incluido a ti), y otras sientes que todo el mundo es una mierda y no han hecho más que decepcionarte (incluido tú mismo).
La soledad, la falta de apoyo que he sentido tantos años siempre no ha ayudado a que este estado mental del que tantísimo cuesta salir (estoy en ello, pero va y vuelve) vaya a mejor. Y lo que más me jode, es que con la edad hay cierto agravante. No quiero hacerme la víctima, aún soy joven, pero los treinta es una edad difícil, y más en mi situación: no he conseguido emanciparme, no tengo un trabajo que me mantenga y me permita vivir por mí mismo, no tengo pareja, no tengo amigos, no tengo prácticamente a nadie a quien llamar un día de estos de "Necesito quedar con alguien a tomar algo, a charlar, a planear un viaje...". No sólo no lo tengo, sino que los pocos que he tenido han sabido darme la puñalada en mis momentos de mayor depresión (que no es este, por suerte) y darme la puñalada definitiva que hiciera confirmar que mi estado "Hamlet" no era tan "paranoico" como pudiera parecer. Pero a esto, se le une la falta de algo que he perdido y que echo de menos: antes (hace no tanto), tenía al menos esperanza. Esperanza que si me seguía esforzando todo iba a cambiar. Que en no mucho tiempo mi esfuerzo sería recompensado, tendría con quien salir, con quien hacer planes, tendría casa propia, sería feliz (con sus matices, ¡obvio!), dejaría de sobrevivir para, por fin, empezar a vivir. Ya no tengo esperanza ninguna. La esperanza de algo mejor, está ahora tan muerta como Yorick. Ves gente adelantando por la derecha, pasando por encima, y piensas "¿Y mi esfuerzo? ¿Y mi felicidad? ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿A mí cuándo me toca? ¿Tan mal lo he hecho?". Y así, más de treinta años en los que no dejas de sentirte la mayor bazofia inmerecedora del más mínimo atisbo de algo que pueda hacerte feliz. He ahí la cuestión.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
