¿Cuántos artículos he podido escribir sobre mi afición al baloncesto durante mi cada vez menos corta vida? No es una pregunta retórica, realmente he perdido la cuenta. Creo que ya lo he contado todo: cómo empezó mi afición, cómo me sentí viendo la NBA narrada por Montes, mis reacciones a mundiales, europeos, juegos olímpicos, cuando fui a ver a la selección en Gijón... hasta llegué a escribir un artículo sobre POR QUÉ me gusta el baloncesto y las cosas que me hacía sentir todo lo relacionado con él. Lamentablemente, ese artículo se perdió con el cierre definitivo de fotolog y nunca se podrá recuperar (muy bien hecho, fotolog, gracias por avisar). Así que esta podría considerarse de alguna manera la segunda parte de aquel artículo que titulé "Yo soy como el baloncesto".
Lo cierto es que cada momento que miro atrás en el tiempo, no recuerdo un sólo momento en el que el baloncesto no estuviera conectado a mi vida. Ni uno solo. Podría decirse que el baloncesto ha sido como un amigo. Como un mejor amigo. No ha estado sólo en los buenos momentos, sino también en los malos.
Recuerdo ser un crío y llevar el balón a clase al Maliayo. Y si me conocéis sabéis que mi cabeza, por alguna razón, no recuerda cosas más allá del 2006. Pero esto, lo recuerdo a la perfección. Recuerdo 6º de primaria a base de partidos, menos unas y... vale, no os voy a engañar, lleno de mucho Pokémon. Pero no es eso lo que nos incumbe ahora. Y es el primer gran agradecimiento que le debo a este deporte, me salvó de la obesidad. Lo sé, he tenido durante mi vida adulta momentos mejores y momentos peores con ese tema, pero si vierais fotos mías antes de jugar al baloncesto... uau... era un balón de playa. Los niños se reían de mí (lo que hoy se llama "bullying", porque en inglés todo suena más... ya sabes... "cool").
El momento que conocí a Melissa está rodeado de baloncesto también. Para empezar, la fecha que la vi por primera vez no puede ser más baloncestística: 4 de Septiembre de 2006. A los "frikis" del baloncesto (¿por qué se nos llama "frikis"?) les sonará esta fecha: fue justo un día después del mundial de Japón, el que ganamos arrasando toda la competición (excepto la agónica final contra Argentina, en la que ganamos por un solo punto). Incluso recuerdo perfectamente el día de aquella semifinal... era 1 de Septiembre, y aquella mañana tenía examen de recuperación de filosofía. Mientras tenía el examen, todos estaban pendientes de la otra semifinal que se jugaba: EE. UU. - Grecia, y la sorpresa mayúscula que causó la derrota de los yanquis, que se tomaron aquel campeonato más como un All Star que como un campeonato. Además de eso, aquella mañana del día que la conocí (ella venía por la tarde), ¿qué fue lo primero que hice para relajar los nervios? Coger un balón y ponerme a jugar al baloncesto. Fue mi forma de evadirme, de no pensar en lo que podía o no podía pasar.
Incluso cuando nos reencontramos, ¿sabéis qué es lo primero que hizo?... Nada relacionado con el baloncesto. ¡Pero lo segund... tercero sí! Vale, quizá parezca esté forzando un poco las cosas para ir con el tema, pero ponéos en contexto. Dos personas, una pareja, que después de no verse en cinco años (CINCO AÑOS) y entre la lista de cosas que ella tenía era grabarme jugando al baloncesto yo sólo, ¿cómo de raro es eso? Supongo que en ese momento tan importante en mi vida, mi buen amigo tenía que estar ahí de alguna forma y ahí estuvo.
Estuvo en el principio... y estuvo en el final. Cuando tuve aquella agónica conversación por teléfono con Melissa, su consejo fue el siguiente "Coge el balón, vete a la cancha y desahoga tus penas ahí"... ¿en serio? ¿Me pones los cuernos, me dejas y te crees con el derecho de darme un consejo para desahogar mis penas? No, no lo hice. Lloré, charlé con un amigo, bebí como un cabrón, lloré más... Pero al día siguiente sí. No porque ella me lo dijera, sino porque sentía que me podía desahogar. Y la verdad, recuerdo aquella sesión de tiro en solitario con mayor nitidez que cualquier otra sesión de tiro en solitario que haya podido tener en mi vida. Recuerdo que fallé muchas canastas, y cuanto más fallaba más me irritaba. Incluso recuerdo gritarle al balón estando a punto de llorar "¿Tú también en mi contra?". Es como ese amigo con el que, sin querer, acabas pagando tus frustraciones y él encima te entiende. Recuerdo encenderme más y más cuanto más fallaba, gritar de rabia, pegar golpes a donde podía y gritarle "puta" a la pelota cada vez que no entraba, como si en realidad se lo estuviera diciendo a Melissa. Los que habéis jugado alguna vez conmigo al baloncesto probablemente os habréis fijado que HOY todavía sigo llamando "puta" a la pelota cada vez que tengo una mala racha (no con la misma intensidad de enfado, claro). Este es su origen. Cada "puta" que le dedico a la pelota en el fondo se lo dedico a mi ex. Extraño, lo sé.
La verdad es que el baloncesto me ha ayudado y apoyado en muchos momentos.Véase, por ejemplo, el inglés. Mi experiencia en los "Darkin Crusaders" fue una de las más enriquecedoras de mi vida en muchos aspectos. Por un lado, cumplía mi sueño de jugar en un equipo federado de baloncesto, aunque fuera en la pequeña facultad de Darwin en la universidad de Kent. Quien haya jugado un partido de baloncesto oficial sabe el ruido que eso significa: no sólo por el público, sino el banquillo que anima a tu equipo, el banquillo del equipo contrario, el entrenador dando ordenes desde fuera, el OTRO entrenador dando órdenes a los otros desde fuera, y los propios jugadores hablando entre ellos. El que haya jugado también sabe que la comunicación entre los jugadores es VITAL para un buen ritmo de juego. Con esto dicho, y sumados todos los factores anteriores, podéis imaginar lo difícil que me resultó poder comunicarme fluidamente con mis compañeros en estas condiciones EN INGLÉS. Creo que nunca me sentí más frustrado con una lengua que, en teoría, controlo a la perfección, como en ese momento. Además con un entrenador que insistía mucho en el tema de la comunicación. Recuerdo cómo gritaba "¡Darwin, no os oigo!" cabreado cuando oía el más minúsculo momento de silencio durante un partido. Sí, me llevé más de una bronca por no entender exactamente lo que se me pedía, y algún castigo en forma de visita al banquillo, pero de lejos fue el mayor aprendizaje de escuchar inglés que he tenido en mi vida.
Peeeero... no voy a actuar como si nunca me hubiera endadado con el baloncesto. Todos los grandes amigos se han enfadado entre ellos alguna vez, y el baloncesto no es una excepción. Cuando jugaba en Darwin, allá en Kent, tuve una racha de dos o tres partidos en los que no me sacaron, o si me sacaban era algo prácticamente presencial. Aún hoy no entiendo por qué, ya que incluso el entrenador me pedía disculpas siempre que pasaba, así que no era porque no me viera capacitado ni nada de eso. Lo que sí sé es que fue el momento en el que más cerca estuve a punto de soltar un gran y ruidoso "fuck you" al baloncesto, porque la racha personal en ese momento no ayudaba tampoco. Por suerte, se topó en mi vida una forma del baloncesto que no había conocido hasta entonces: el streetball. Es otro mundo. ¿Habéis visto esas pelis americanas en las que hay chavales jugando al baloncesto en canchas de asfalto y la gente incluso se para para verlos? Bueno, pues en Inglaterra pasa prácticamente igual. Y yo tuve la gran suerte de jugar unos cuantos partidos ahí. Es increíble lo "amateur" y a la vez profesional que son esas sesiones. Y cómo pueden alargarse desde las cinco de la tarde hasta tranquilamente las diez de la noche. Partido tras partido tras partido. No quiero presumir, pero no se me daba mal del todo, sobretodo en defensa (a decir verdad, la defensa de los partidos de streetball no es precisamente la cosa más asfixiante del mundo, así que tampoco tenías que hacer mucho para defender medianamente bien).
Ciertamente, y espero no sonar creído aquí, siempre he considerado el baloncesto un poco mi talento oculto. ¿Alguna vez habéis oído de algún tío o algún familiar o amigo la típica frase de "si hubiera estudiado habría sido brillantísimo", o algo así? Algo así me pasa con el baloncesto. Con la facultad, novias e hijastros, no puede decirse que tuviera tiempo para entrenar de forma seria el baloncesto, pero a veces tengo la sensación de que si las hubiera entrenado... bueno... sin querer sonar chulo ni nada de eso, creo que las abilidades están ahí. No me malinterpretéis, no estoy siendo un creído, no estoy diciendo que habría podido ser bueno a un nivel Pau Gasol, pero sí a un nivel... no sé, los chicos de CDE Maliayu. Me impresiona esta gente. Es increíble como con humildad y más ganas que recursos puedes desarrollar tanto una abilidad. Son increíbles y dignos de admiración. Me encanta verles jugar y Dios sabe que cada semana que comparto con ellos intento al menos no desentonar en esa cancha. Ains, si tuviera más fondo... Aún así, tengo que reconocer que hay algo en el dolor de las agujetas después de jugar con esta gente que, de alguna manera, resulta placentero (entiendase en el sentido no sexual de la palabra).
En resumen, a la típica pregunta de ¿por qué te gusta tanto el baloncesto? Bueno... ¿cómo puede no gustarme? Más allá del deporte en sí, ha compartido conmigo éxitos y miserias. Ilusiones y decepciones. Alegrías y cabreos monumentales. Y con todo eso, y con 27 años ya recién cumplidos, el tío sigue ahí, sin abandonarme. No ha habido un sólo sitio en el que haya estado en mi vida en el que no haya habido de alguna manera un balón de baloncesto cerca de mí, ya fuera en una cancha propiamente dicha, en una de asfalto, o en las canastas de un instituto cuyas puertas hay que saltar para llegar a ellas (viva lo público). Más allá de la emoción del deporte en sí como espectador, o de la adrenalina que me sube cuando juego, ha estado presente en tantísimos momentos clave, buenos y no tan buenos, de mi vida, que me resulta imposible no gritar I LOVE THIS GAME.

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