lunes, 13 de agosto de 2018

Relato: Tosca, áspera, irritante y se mete por doquier.


                No soy más que un chico corriente. Menos que un chico corriente. Soy un jodido pringado. Soy el típico chico que está detrás de una chica, soñando con olor, con su sonrisa, con estar con ella… pero que nunca consigue nada. El eterno amigo. “El pagafantas” como le gusta a la gente decir a la gente con mala leche.  Con muy mala leche. He aguantado borracheras, cortejos, crisis de pareja, rupturas, reconciliaciones… y todo desde la sombra, ofreciendo un apoyo que cada vez me dolía más, y cuyo único consuelo era el de verla sonreír… Dios mío, ¡qué cursi soy a veces! Pero sí, realmente es en esos momentos, en los que empezamos a reír y a decir chorradas que no tienen que ver con nada cuando empiezo a mirarla con ojos tiernos y a desear besarla. Un sueño imposible, o eso creía yo. Hasta la pasada noche.
                Era jueves por la noche, y mi amiga y yo teníamos la costumbre de quedar en mi casa a ver alguna película. Los dos somos muy cinéfilos, así que solemos ver de todo: desde comedia, terror, pelis románticas, pelis de estas que son tan malas que te acabas riendo (sobre todo si hay alguna copilla de más)… incluso alguna noche, por hacer el tonto, nos llegamos a poner alguna peli porno. Por las risas. Anoche parece que nos sentíamos frikis, así que decidimos ponernos Star Wars Episodio I. Por si nos animábamos a una maratón de ocho películas. Normalmente nos ventilamos un par de cuencos de palomitas y muchas cervezas, que ya tenía preparadas para su llegada. La noche transcurrió sin más, como siempre, apagamos las luces y dejamos que el portátil nos iluminara mientras veíamos aquello y soltábamos comentarios sobre la película. Que si qué sentido tenía que Qui-Gon Jinn se encaprichara tanto con Anakin, que qué coño son los midiclorianos esos, ¡que por favor, se calle ya Jar JarBinks! En fin, sin más. Pero de repente pasó algo un poco raro. Sé que suena películero, pero cuando fui a coger palomitas mi mano se cruzó con la suya y estuvimos un buen rato. No sé si fue que ya llevaba un par de cervezas, o que estaba muy cómodo, pero dejé que mi mano se deslizara por la suya un buen rato, acariciando sus dedos, que estaban tan suaves. Es como si mis manos tuvieran vida propia. Me giré hacia ella, que por lo visto llevaba un rato mirándome, como esperando algo. Tragué saliva. Sabía lo que quería hacer, pero no sabía si hacerlo. “¿Qué haces? ¿Qué te pasa?”, me preguntó sonriendo. Era la señal, parecía que deseaba lo que yo tanto como lo deseaba yo, pero uno es un pringao y sólo se me ocurrió decir “Se están acabando las palomitas, voy a hacer más”. No os puedo describir la de veces que me llamé “tonto” de camino al microondas. La de golpes contra la nevera que propicié a mi estúpida cabeza. Volví con las palomitas y la sesión continuó hasta que acabó la película.
                “¿Hace la segunda? Aunque esta es la más aburrida de toooda la saga”. Sinceramente, no me estaba ni enterando de la película, ni de lo que estaba pasando. Seguía dándole vueltas al incidente de las palomitas. “Venga, vale”, respondí, casi como un robot. La película seguía, aunque yo no paraba de mirar a mi amiga de reojo. Nos íbamos rodeando más y más de botellas vacías y cada vez estábamos más cerca el uno del otro. El cuenco de palomitas estaba ya vacío en el suelo y cuando me quise dar cuenta, mis manos, de nuevo por su cuenta, empezaron a acariciar las suyas. Mis dedos paseaban por los suyos, firmes pero tímidos a la vez. No sabía qué podía atraerme tanto a acariciarla, pero no podía resistirme y a ella tampoco parecía que le molestara. Mientras de fondo Anakin y Padmé hablaban de lo mucho que odiaban la arena (¿Qué coj…?) volvimos a mirarnos de nuevo, yo no sabría decir qué mirada tenía en ese momento, pero ella me miraba como si esperara algo. Como si quisiera que me decidiera. “¿Qué? ¿Vas a ir a por más palomitas?” preguntó con sorna. Pero esta vez no estaba dispuesto a sentirme un gilipollas. No, esa era la noche que el “pagafantas” iba a morir, así que me abalancé y la besé. Ella correspondió mi beso acariciándome la mejilla, yo la agarré de la cintura, atrayéndola hacia mí. Poco a poco, lo que era un inocente beso empezó a calentarse, a ir a más. Cuando me quise dar cuenta, nuestras lenguas empezaron a enredarse, a chocar y jugar entre ellas, mi lengua paseaba por su boca y la suya por la mía mientras nuestras manos buscaban mutuamente nuestros cuerpos. La suya paseaba por mi pelo, acariciándolo, dejando que sus manos se perdieran en él, recorriendo mi espalda temblorosa. Las mías empezaban a acariciarle las piernas, los muslos, a recorrer su cuerpo deseando explorar esa sensación que tantos años llevaba deseando experimentar. Sin ni siquiera mediar palabra, nos fuimos directamente a mi habitación, mientras Anakin seguía hablando de no sé qué mierdas de ser un Jedi o… no sé… como comprenderéis dejé de atender a la película.
                Nos sentamos al borde de mi cama y seguimos besándonos apasionadamente. Comiéndonos la boca como si fuera el fin del mundo. Fue un momento alucinante. Ella bajó su mano hacia mi pantalón, desabrochándome para meter su mano por debajo y acariciar mi sexo suavemente… ¿acariciar mi sexo? ¿Pero quién me creo que soy? ¿Pérez Reverte? Nunca entendí eso de “mi sexo”. ¡Suena como si hubiera acariciado a mi gato o algo así! No, no acarició “mi sexo”. Hablemos claro. Metió sus manos por debajo de mi ropa y empezó a acariciarme la polla, y yo empecé a temblar… ¡vaya si comencé a temblar! Ella me miró. No sé qué cara estaría poniendo, pero empezó a reírse. Me cortó un poco el rollo la verdad. “¿De qué te ríes ahora?”, le dije. “Me encanta la cara que pones”, respondió, “Me haces sentir tan deseada…”. ¡Cómo no la iba a desear! Llevaba años esperando este momento. Su boca me sabía a gloria y ella, casi sin que me diera cuenta, había conseguido quitarme los pantalones. Yo me eché sobre ella, disfrutando de su boca. Estábamos los dos echados esta vez, el uno sobre el otro. Sentía su cuerpo pegado al mío, yo me iba poniendo cada vez más cachondo, y ella seguramente estaría notando pegado a su coño cómo el bulto se hacía cada vez más grande. “No quiero que hagas nada. Sólo échate, y disfruta.” Llevaba tanto deseando recorrer aquel cuerpo con mi boca. Irlo descubriendo poco a poco. Empecé besándole el cuello, dándole pequeños mordiscos que se traducían en pequeños gemidos que me invitaban a seguir con aquello. Sus hombros, que tantas veces había observado estando detrás de ella y que con tantas ganas tenía de besar estaban por fin a mi disposición. Le quité la blusa, y seguí bajando, besando sus pechos, con los que tantísimo había soñado. Mientras la besaba, mis manos pasaban por detrás de ella, tratando con mucha ansia de quitarle el sostén. Después de un rato de forcejeo, ella cedió “Déjame, anda.”, reía, “No sufras más”, y al fin se quitó el sostén para descubrir sus tetas. Eran tan perfectas, que inmediatamente me las metí en la boca. Mi lengua empezó a jugar con sus pezones, poniéndolos cada vez más y más duros. Los mordisqueé suavemente, sacando de ella un pequeño gemido. “Muérdelos. No seas tímido”. Disfruté de cada rincón de sus preciosos pechos, mientras disfrutaba de uno con mi boca el otro lo recorría mi mano. Ella me cogía y me pegaba más contra ella pidiéndome más, mientras me quitaba la camiseta. Pero yo aún quería más. Seguí bajando, descubriendo partes de su cuerpo. Le quité toda la ropa que le quedaba sin separar mi boca de su cuerpo. Besando su barriga, su pelvis, su pierna… hasta que al fin pude adentrarme entre sus piernas. Mi lengua recorrió su coño de arriba a abajo, de abajo a arriba, una y otra vez, jugueteando con su clítoris, saboreando lo cachonda que estaba. Estaba tan mojada que a veces me costaba respirar, pero me encantaba saborearla y sentirla así. Ella empezaba a gemir, su cintura se elevaba involuntariamente mientras se lo comía y eso sólo hacía que disfrutara más de aquel delicioso manjar. “Ven”, me dijo entre gemidos. Obedecí, fui hacia ella, besándola con aún más pasión que antes, mientras ella me dejaba completamente desnudo. Ya no había barreras. Nuestros cuerpos se rozaban sin nada que lo impidiera. Sus tetas estaban pegadas a mi torso desnudo y mi polla rozaba su coño, como si supieran por sí mismos lo que tenían que hacer. “Fóllame”, me pidió. “Quiero que me folles ya”. “Todavía no. Quiero disfrutarte un poco más”. Me puse junto a ella y mi mano empezó a recorrer poco a poco lo que ya había recorrido con mi boca antes: su propia boca, el cuello, los pechos, la barriga, los muslos… y también mi mano acabó escondiéndose en su entrepierna. La yema de mis dedos acarició su coño suavemente, dejándolos empapados. Ella se mordió el labio inferior, mientras empecé a juguetear con sus pechos y ella empezó a gemir cada vez más fuerte. Mis dedos la acariciaban suavemente, con cariño, mojándola tanto que llegó un momento que mis dedos prácticamente entraban solos dentro de ella. Cuando el primero entró, los gemidos se convirtieron en un pequeño grito flojo, que se hizo cada vez más fuerte según la iba masturbando. Cada vez más fuerte según sus gemidos crecían en intensidad. Miraba su cara de placer con deseo, sin dejar de besarla, morderle el cuello o jugar con sus pechos. Cuando me quise dar cuenta, dio un último grito de placer y dejó mi mano empapada. “No sabía que supieras hacer dedos tan bien”, me dijo entre respiros entre cortados. “Deja que te enseñe qué se hacer yo”. Sin mediar palabra, empezó a pajearme suavemente mientras mordisqueaba mi cuello. Sabía que era un preludio de lo que estaba por venir. Poco a poco bajó su cabeza hasta mi polla y empezó a metérsela en la boca y a lamerla mientras me acariciaba los testículos. Consiguió que me excitara como hacía tiempo que no me excitaba, y creo que ella misma podía notarlo en su boca. Sólo era cuestión de tiempo para que volviera a mojarse y me volviera a pedir lo que estaba ya deseando. Fue hacia su bolso, saco un condón, volvió a chupármela y me lo puso. Se sentó sobre mí, cara a cara, mirándonos con un deseo infrenable el uno por el otro. “Ya no acepto más excusas. Me vas a follar”. Cogió mi polla y se dejó caer suavemente sobre ella. El placer de esa primera penetración entre ambos recorría todo nuestros cuerpos. Ambos gemimos como sincronizados, fundiéndonos en un beso que no quería que terminara, mientras ella se mecía suavemente teniéndome dentro. Ella agarraba mi espalda con fuerza, arañándome al son de sus gemidos. Yo agarré su culo, ayudándola a mecerse contra mí. Cada vez estaba más dentro de ella, y nuestros gemidos se hacían cada vez más a menudo y más fuerte. No podía creerme que estuviéramos ahí, follando, después de tantos años suspirando por ella. La tiré sobre la cama y me puse sobre ella. Sin mediar palabra, acaricié su coño con mi punta suavemente, sin meterla del todo. “¿Qué estás haciendo?”, “Disfrutar de este momento”, “Métemela ya”. No necesitaba oír más. Después de todo estaba tan a gusto dentro de ella. Ahora era ella la que bajó sus manos de mi espalda a mi culo, empujándome contra ella. Empezamos a gemir ahora más fuerte, más rápido, con más intensidad. Mis testículos chocaban contra ella cada vez más fuerte, lo cual creo que le gustaba. Cuanto más gemía ella más fuerte iba. La cama empezaba a moverse al ritmo de nuestros cuerpos. Más rápido, más intenso. Me suplicaba que no parara, que siguiera, que el ritmo siguiera in crecendo. Nos agarramos fuerte de las manos, nos besamos y entonces los dos soltamos ese suspiro orgásmico final a la vez, como en las películas románticas que habíamos visto tantos jueves anteriores. Fue probablemente el mejor orgasmo que he tenido en mi vida. Caí rendido sobre ella, para inmediatamente después recuperarme y besarla. Empezamos a alternar besos y risas. Tras muchos cariños, besos arrumacos, y algún que otro polvo más acabamos durmiendo abrazados. Fue la noche perfecta.

                Cuando desperté a la mañana siguiente ahí seguía ella, desnuda junto a mí, durmiendo dulcemente. Sus brazos abrazaban el cojín y su cara de descanso me hacían desear observarla toda la vida así, tan preciosa. Qué ganas de volver a besarla. De repente sonó su móvil y la despertó. “¡Es mi ex! Tengo que contestar.” Se levantó, se vistió rápidamente ante mi mirada atónita. “Oye… en cuanto lo de anoche…”, “Ya…”, dije triste “Fue un error, ¿verdad?”, “No, no quiero decir eso. Estuvo bien. Estuvo muy bien. Pero no quiero estropear nuestra amistad. Lo entiendes, ¿no?”. “Sí… claro…” respondí con una falsa sonrisa. “Vale. Hablamos para ver cuando quedamos, ¿vale?”. “Sí… sí… hablamos”. “¡Tío! Pero no te quedas mal, ¿no? Es que… joder… me gustó mucho en serio, pero…”, “Que no te preocupes, de verdad. Estoy bien. Ve a responder, anda”, “¿Seguro que estás bien?”, “¡Que síiii! Anda, tonta, que ya ha colgado. Llámale.” Me dio las gracias junto a un beso en la mejilla y se fue. Miré a mi alrededor y repasé la noche tan mágica que habíamos pasado en aquel mismo sitio, que quedará grabada en mi memoria para siempre, junto con la frase que sonaba en el salón mientras le daba mi primer beso: “Odio la arena, es tosca, áspera, irritante y se mete por doquier.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario